sábado, 16 de agosto de 2014

La otra cara de Tiéntame. Capítulo 8.

Ya estoy de vuelta con más momentos. ¿Queréis saber más? ¡Pues vamos allá! 
He creado un espacio en la parte superior del blog donde encontréis todos los relatos. 
*Recordatorio: La otra cara de Tiéntame son mini relatos en los que de modo ampliado y con todos los detalles podéis encontrar en La chica de servicio, I. Tiéntame. El primer libro oficial de la trilogía. 
En estos capítulos cortos habrán partes recortadas o escenas omitidas por lo que comento arriba: Es un aperitivo de lo que encontrareis en la apasionante historia de Matt y Gisele. 
A diferencia de Tiéntame, aquí podremos leer los momentos más relevantes de la primera parte de la trilogía, pero narrado desde la perspectiva del protagonista masculino: Matt Campbell. 

Esto es La otra cara de Tiéntame. 
¡Vamos por el octavo! 


8. 

Se me parte el alma al verla mal. Hubiese preferido mil veces estar yo en su lugar y ahorrarle este sufrimiento. Estoy cansado, pero mi prioridad es cuidarla. ¿Sabré hacerlo?
En cuanto venga su hermano Scott se opondrá a que se quede en mi cuarto, y Roxanne también. Pero mis sentimientos por Gisele pueden más. Me enfrentaré a quien sea.
Cuando abre los ojos y me mira, respiro aliviado.
—Hola —susurra con una sonrisa.
—Gisele. —Me apoyo en su frente—. Al fin se ha despertado. ¿Cómo se siente?
El dolor se refleja en su pálido rostro.
—Estoy bien, usted tiene magulladuras en los puños.
—Estaba tan preocupado. —Busco su mirada, ignorando sus palabras—. Si le hubiese sucedido algo, yo...
—Estoy bien y todo es gracias a usted. Lo llamé porque sabía que me buscaría, que no me dejaría en manos de ese salvaje.
Nunca.
No escucho sus súplicas cuando me pide que la traslade a su habitación para cuando vengan a verla su hermano y su amiga Noa. No puedo permitir que me abandone.
Cuando ellos llegan, preocupados, se acercan a Gisele, la abrazan y besan, y luego estalla todo.
—¿Por qué no estás en tu habitación? —pregunta Scott, traspasándola con la mirada—. ¿Qué haces aquí?
—Yo la voy a cuidar hasta que esté recuperada —intervengo—, estará bien.
—Gracias, Campbell, pero desde hoy la cuidaré yo.
—Gisele no se va de aquí —sentencio y me siento, un poco alejado de la cama, para no perderlos de vista. Su amiga, y también empleada de esta casa, está atónita.
—¿Cómo dices? —pregunta él.
—Scott —tercia Gisele, suplicante—, aquí estoy bien.
Se la ve aterrorizada. Sé que tiene miedo de defraudar a su hermano, y yo de que me deje en los próximos minutos. Anoche fue una de las peores que he pasado, viéndola inmóvil en la cama, con su alegría apagada.
—¿Te has vuelto loca? —pregunta Scott—. Es tu jefe y, por lo que sé, tiene novia y va a ser padre. ¿Qué coño pintas tú aquí?
¡Maldito! ¿Gisele va a llorar?
—Scott, sé lo que hago.
No, no va a llorar. Es valiente. Me deslumbra. 
—Gis —dice Noa—, hay sitio en mi casa, vente conmigo.
Miro a Gisele de reojo, y ella a mí. Trago saliva, frenético. Pensar que se pueda ir me altera. «Por favor», le suplico con la mirada.
—Gisele Stone. —La voz de Scott truena en la habitación, estupefacto, escandalizado—. ¿Qué significa esto? ¿Estás con él?
Los ojos de ella brillan angustiados. Si su hermano la hace llorar, terminaré golpeándolo.
La impotencia que siento me apabulla. ¿No entienden que está mal? Mis padres no se entrometen, que no lo hagan ellos tampoco. 
—Dime que no le has tocado un pelo —brama en ese momento Scott. Me levanto para encararme con él—. ¿Has tocado a mi pequeña Gisele? 
—Ya has oído a tu hermana, aquí está bien.
—¿¡La has tocado!?
 «Calma», me digo, intentando por ella que no nos enfrentemos.
—¡Maldito seáis todos los Campbell! —escupe él—. ¿Qué le has hecho?
—¡Scott! —grita Gisele. Su valentía me impresiona—. ¡Se acabó, no quiero peleas!
Sin importarme quién esté delante, voy hacia la cama y me siento a su lado. La acaricio con suavidad.
—Tranquila, Gisele. No pasa nada. Tranquila. —Se calla, alarmándome. ¿Está pensando en marcharse?—. ¿Quiere irse? —pregunto.
—¿Quiere que me vaya? —susurra ella.
¡No! ¿No lo ve en mis ojos? ¿En el temblor de mis manos?
—No, pero no me puedo negar al verla…
—¿Al verme cómo?
Estoy dolido, asustado. La situación se me escapa de las manos. Gisele espera mi respuesta y yo no sé qué decirle. ¿Me suplica… qué? Creo leer en su mirada la necesidad que tiene de mí, ¿o acaso es miedo? 
—Gisele… dígalo, no pasa nada —me rindo—. Elija lo que desee.
—Vamos, pequeña —interviene Scott, mientras Noa se mantiene al margen—. Los días de reposo los pasarás en casa, luego te reincorporarás de nuevo... o no, ya lo hablaremos.
¿Dónde están tus cosas?
—Scott…
—Gis, por favor. Entiendo que te deslumbren ciertas cosas, pero no es el hombre que había esperado para ti. Hazme caso, sé de qué hablo.
—Deja que sea tu hermana quien decida, yo no le haría ningún daño.
Ella me mira y yo le suplico en silencio de nuevo, apretando la mandíbula. Intento decirle sin palabras que si se marcha no estaré bien y sé que ella tampoco.
Veo que ya me echa de menos sin haberse ido. ¡Maldita sea! Y yo a ella.
—Scott, Noa... —susurra y yo tengo que contenerme para no gritar de alegría. No me va a dejar, aunque tiene miedo… Yo también, mucho—. Me quedo aquí. Él se ha ocupado de mí desde que pasó esto, estoy bien. 
Se queda conmigo...

Días, horas, minutos… Esta semana con Gisele Stone me da vida. La paso cuidándola, pendiente de ella en todo momento, incluso dejando mi trabajo. Me siento en la gloria hasta que en medio de una discusión, ella dice las palabras que no esperaba oír. 
—Tal vez me equivoque y me vaya de aquí rota en mil pedazos, pero quiero que sepas que te amo y que voy a luchar por ti hasta que me lo permitas... Lo amo, mi señor Campbell.
Me quedo atónito y a la vez me siento vulnerable, esto no puede estar sucediendo.
—Matt —susurra ella, al ver que no digo nada. Cuando me toca, me alejo. Tengo tanto miedo—. No hagas esto, por favor, no lo hagas.
—¿Que no haga qué? —mascullo.
—Alejarte así de mí, no lo hagas, por favor. —Se me acerca desnuda. Pese a lo delicado de la situación, me excita—. Sé que al decirte esto me arriesgaba a perderte para siempre, pero me es imposible soportarlo más... Te amo, Campbell, sé que es una locura, yo misma estoy asombrada. Tu misterio, tu forma de querer dominarme me hacían buscarte, necesitarte y, sorprendiéndome, he llegado a amarte.
Estoy confuso. ¿Cómo puede amarme? ¡¿Cómo ha permitido que esto suceda?! Lo nuestro no puede ser. ¡Me abandonará cuando descubra que…! ¡No!
—No podía dejarlo así, tenía… necesitaba intentarlo.
—Gisele…
No puedo hablar, lo que la une a mí es mucho más que sexo. ¿Y yo? Si le permito entrar en mi corazón, ¿cómo haré para soportarlo cuando me deje?
—¿Te vas a quedar callado? ¿No piensas decir nada? —me espeta, zarandeándome—: ¡Dime algo! Que me vaya, que soy una imbécil por dejarme llevar, pero no seas cobarde.
Cojo aire, me falta el aliento desde que ha reconocido sus sentimientos.
—¿Qué quiere que le diga? —respondo frustrado por que me ha puesto contra las cuerdas—. ¿Qué espera que le diga?
—Algo, cualquier cosa. Di lo que piensas, pero no te calles.
Camino arriba y abajo de la habitación. Desearía tanto ser capaz de… ¡No!
—¡Pienso que esto es una maldita locura! —suelto exasperado y luego me callo. Pero ella no tiene suficiente y se coloca frente a mí, desafiándome, apretando su cuerpo contra el mío.
Ahogo un gemido. ¿Qué mierda se ha creído?—. Gisele, ¡está loca! Usted no tiene ni idea de lo que dice. Sabe que yo no soy un hombre que merezca su amor. Ya me va conociendo lo suficiente como para entenderlo. ¡¿Por qué me dice esto?! ¡¿Sabe lo mucho que me tortura?!
—¡Eres un imbécil! —grita furiosa—. Te acabo de decir que te amo ¿y qué mierda me dices tú? ¡Que te torturo! ¿Y yo? ¿¡Yo qué!? Cada maldito día muero cuando me tocas, cuando te siento conmigo. ¡Cada día muero al saber que me voy a ir! Que te voy a dejar de ver... No puedo soportarlo. ¡Me duele!
¡También lo siento yo! Se está rompiendo por mi culpa y musito:
—Sabe que no estoy preparado para esto.
—¿Te estoy pidiendo algo? ¿Alguna vez lo he hecho? —Se seca de un manotazo las lágrimas que yo intento enjugar—. Nunca te he pedido que me ames…
—¿Adónde va?
—A mi casa. Tu madre me ha dicho que me reincorpore el lunes, como bien sabes. —Me está dejando, destruyéndome—. Aquí ya no tengo nada que hacer. No me ata nadie, únicamente el trabajo. 
—Gisele, ¿qué me está diciendo?
—¡Que me voy!
Me niego y en un segundo le sujeto el mentón con brusquedad. No soy consciente de si la he lastimado, porque estoy aterrorizado.
—¿Se va? ¿Me está dejando?
—Pero ¡¿qué más quieres?!
—¿¡Me deja!?
Se quiere librar de mí, pero yo no se lo permito. Furioso, la acorralo contra la pared. Nos miramos y siento que me pierdo, no sé qué me hace. Sus ojos esperan, ¿qué? Yo no voy a decir algo que no siento. Porque no lo siento, ¿o sí? ¡Claro que no! La deseo tanto que muero por fundirme con ella, por enterrarme en su cuerpo hasta que me duela, pero eso no es amor. 
—¿Qué estás haciendo, Campbell?
—No se va. —Niego vehemente—. ¡No se va!
—¿Qué pretendes ahora? ¿¡Qué!?
Estamos discutiendo desnudos, hambrientos el uno del otro, pero también confusos.
«Déjala marchar», me digo. Y, aunque indeciso, confieso finalmente:
—No quiero perderla. No ahora.
—No ahora —repite, enloqueciéndome—. ¿Y el día que me tenga que ir sí me dejarás marchar?
¡Joder!
—Siempre me está llevando al límite, no se conforma con nada, tiene que estar hurgando en las heridas. —La aprieto, quiero estrujar cada centímetro de su cuerpo—. Déjelo estar, ¿quiere? Cuando ese día llegue, ya hablaremos. 
—¿Qué significa eso?
—¡Maldita sea! ¿No se cansa de retarme? —Se ríe, alterándome—. ¿Qué le hace gracia? ¿Le gusta volverme loco?
—No me has respondido.
Fatigado de esta lucha, la levanto del suelo y la embisto con una vertiginosa acometida. Gemimos. Cuando estamos cerca el uno del otro, no sabemos controlarnos.
—¿Qué me haces, Campbell? —musita ella.
¡¿Yo?!
—¿Qué le hago? —Arremeto con fuerza—. ¿¡Qué!?
—No me voy a rendir —dice jadeante—. No lo haré. Serás mío.
Ella se traga su orgullo, me dice que me ama… ¿y qué hago yo? Tomarla como un animal. ¿Cómo puedo ser tan insensible? No es para mí, no la merezco.
—Gisele —digo al terminar, dejándola en el suelo—. ¿Qué clase de monstruo soy?
—¿Qué dices? —se alarma—. No, Matt…
—Márchate —le pido, sentándome en la cama, hecho un mar de dudas—. Nunca podré darte lo que necesitas.
La he tuteado sin darme cuenta. Gisele forma parte de mí. Hace mucho que dejé de considerarla como la chica de servicio.
—Escúchame…
—Váyase, Gisele. —No puedo mirarla o me arrodillaré ante ella y le entregaré mi alma. Me da miedo lo que hace que florezca en mí—. Me voy de viaje. No estaré aquí el lunes cuando vuelva. Es lo mejor, créame, lo es. 
—Entiendo. Soy muy… Soy demasiado poco para ti —termina en un susurro.
«No. Yo soy el que no vale nada.» 


7 comentarios:

  1. Capítulo precioso. No importa las veces que lo lea, siempre me emociona. Felicidades. Besos.

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  2. Me ha gustado mucho Patricia como todos . Que ganitas que llegue octubre pq ya me lo he leído no se ni cuantas veces y tb poseeme que aun te deja más intrigada si cabe. Un beso guapa

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  3. Ayyyyyyyy pobre Matt! Muy bonito capitulo, pero me siento muy triste por el, por sus inseguridades. Ya estoy deseando leer mas!

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  4. Dios! Patricia ha sido un capítulo hermoso! No se si estoy muy sensiblera pero los últimos capítulos me han dejado con los sentimientos a flor de piel, sufro con Matt muchísimo!cada vez me gusta más el posesivo Campbell!

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  5. Es precioso! que penaque sólo lo publicaras el libro en digital porque me gustaria tenerlo en papel en mi estantería con la trilogía junta :)

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  6. Hola de nuevo:

    Vaya veo que me quedaban muchos capitulos por leer, pero lo estoy remediando ahora. Me alegro de haberme dado cuenta de ello ya que siempre he deseado saber que pasó por su cabeza cuando ella le dice que lo ama. Por su cabeza veo que pasan muchas cosas pero sobre todo negación y miedo. El miedo es el sentimiento mas fuerte en él y es por ese miedo que niega el otro sentimiento poderoso, el amor que siente hacia ella. Porque esta claro que ya está enamorado de ella y el sexo es el unico medio de expresión que encuentra para decírselo ya que es incapaz de expresarlo en palabras. Y ante esa incapacidad y ese miedo huye, el no es cobarde, pero huye.

    Besos

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