lunes, 1 de septiembre de 2014

La otra cara de Tiéntame Completa.

Sé que a muchos de vosotros os resulta más incómodo tener que estar pinchando por capítulos, así que con la intención de facilitaros la lectura y ahora que ya está completa La otra cara de Tiéntame, os dejo esta entrada donde podréis leerlo todo sin interrupciones. 

¡Espero que lo disfrutéis! 

 *La otra cara de Tiéntame son mini relatos en los que, de modo ampliado y, con todos los detalles, podéis encontrar en La chica de servicio, I. Tiéntame. El primer libro oficial de la trilogía. 
En estos capítulos cortos habrán partes recortadas o escenas omitidas por lo que comento arriba: Es un aperitivo de lo que encontrareis en la apasionante historia de Matt y Gisele. 
A diferencia de Tiéntame, aquí podremos leer los momentos más relevantes de la primera parte de la trilogía, pero narrado desde la perspectiva del protagonista masculino: Matt Campbell. 

Esto es La otra cara de Tiéntame.




 1.
Cierro la puerta de mi despacho de golpe y grito sin que nadie pueda oírme, pues la habitación está insonorizada. Está todo hecho una mierda. Hace dos o tres días, ya no lo sé, que no permito que entre nadie. Los mismos días que sospecho que Alicia, mi novia, me engaña, después de tres años juntos. Y que lo hace con mi mejor amigo. Pese a haberme advertido él de cómo era Alicia, yo no le creí. Lo desafié y hoy he tenido la confirmación de que he perdido. 
Un mensaje de ella me enciende aún más. Tengo los puños magullados de la de veces que los he estrellado contra todo lo que me rodea para no partirle la cara a Sam, mi amigo, por su traición con la que hasta ahora ha sido para mí una buena compañera en esta asquerosa y sombría vida. 
No lo siento por ella, sino por la ingratitud que ambos me han demostrado, cuando yo se lo he dado todo por no estar solo, por conseguir arrancarme del alma la desconfianza que todo el mundo me inspira y que me lleva a vivir en un profundo y doloroso aislamiento.

Mensaje de Alicia a Matt. A las 16.30.
Yo no quería, Matt, tenemos que hablar, por favor. No me dejes así.

Desconecto el teléfono, apago la luz y me siento en la silla de mi escritorio. Quiero olvidar y descansar, estoy agotado, harto de todo. No puedo con otra mentira, son demasiadas ya…Sé que el dinero ha evitado que esto último sucediera antes, pero ¿para qué lo quiero? No soy feliz y dudo que pueda encontrar la estabilidad alguna vez. ¿En qué he fallado? 
Perdido en mis pensamientos, oigo que llaman a la puerta y opto por ignorarlo, no quiero que nadie me moleste.  Insisten, pero no me importa, sé que no entrarán. Mi familia me conoce y… ¿¡Qué mierda!? Alguien ha entrado, oigo que tropiezan, quizá por la oscuridad, y con la poca luz que entra del pasillo, distingo una silueta femenina.
¿Quién es? 
—¿Hola…? —dice una voz desconocida y suave.
No respondo.
Repentinamente, la luz se enciende, sorprendiéndome. La que ha irrumpido es una chica a la que no he visto nunca. Tiene el pelo castaño con reflejos rubios, ojos grises... El pulso se me dispara. La miro durante unos eternos segundos y ella me mira a mí, ¿con descaro? Me enfado, experimento un apetito sexual por ella que me ahoga. Me vuelvo primitivo, la deseo. 
Ya. 
 Pero aunque esté furioso, me contengo… ¿O no?
—¿Quién es usted? —Mi tono suena alterado—. ¿Por qué entra sin mi permiso?
—He llamado y, como nadie me ha respondido, he decidido entrar —responde borde, desvergonzada—. Ejem… señor Campbell, perdón por las molestias —añade—, pero su madre me ha dicho que le trajera esto. 
Sin quitarle la vista de encima, rodeo el escritorio. Tenso y a paso lento por las ganas que tengo de echarme encima de ella y… ¡Basta! La nueva chica de servicio, como veo por su uniforme de faldita corta, no ayuda, y, con una osadía que no tiene límites, me repasa de arriba abajo, deteniéndose en cada parte de mi cuerpo. 
Yo sí puedo hacerlo, pero a ella no le doy tal derecho. Me ha impresionado y odio sentirme así. 
—¿Ha terminado la inspección? —le pregunto, con la intención de que pare.
Me tiene cardíaco y, al avergonzarse, me gusta aún más.
—¿Señorita...?
—Stone, Gisele Stone. La nueva sirvienta.
«Gisele…»
—Y bien, señorita Stone, ¿quién le ha dado permiso para entrar en mi despacho y hablarme con la altanería con que lo ha hecho? —le digo paciente, aunque la idea de subirle el vestido y enterrarme en ella me atosiga. 
—Perdón, no era mi intención ofenderle con mi tono. —Suspira, tragándose su orgullo—. En cuanto a lo de haber entrado, quería asegurarme de que no había nadie, para decírselo a su madre. Me disculpo de nuevo. 
—Que no se vuelva a repetir —le espeto cortante. Tengo la mandíbula tan apretada que hasta me duele. Sacudo la cabeza. Tengo que olvidarme de esos labios que… Vuelvo a mi asiento e ideo un plan para verla desde todos los ángulos—. Deje la bandeja sobre la mesa y, por favor, recoja un poco el despacho, que para eso se le paga. 
Con gesto arrogante, coge aire y lo suelta, pero se dispone a cumplir la orden dada por mí. Sé que el despacho está hecho un asco y que se horroriza al verlo. ¿Qué habrá traído hasta aquí a esta chica? No se la ve muy dispuesta a obedecer. Parece interesante y con estudios, me extraña…
 «Joder.» Se agacha y sus muslos saltan a mi vista. Esbeltos, finos y bien torneados.
¿¡Quién demonios se ha propuesto torturarme así!? A la vez que limpia, inspecciona cada rincón. Sus pechos suben y bajan en su pronunciado escote, no puedo apartar los ojos de ella.
Supongo que será como todas… sin embargo, no controlo la necesidad que se está avivando en mí. Esto se está complicando, aunque puede ser entretenido. Necesito quitarme de la cabeza a…
Me mira y luego desvía la vista. Yo no puedo hacer lo mismo. Menos cuando leo en sus ojos las ganas de gritarme cuatro cosas. Si sigo así, será imposible que me siga dominando.
Además, ¿por qué demonios tengo que hacerlo? ¿Quién es ella? Nadie, sólo una sirvienta. Mirándola el tiempo vuela y, cuando menos me lo espero, está frente a mí, con todo el trabajo hecho. Eficiente.  
—¿Desea algo más, señor? —pregunta simpática. 
No puedo contenerme y entro en su maldito juego.
—Quizá... —la desafío—. ¿Qué me ofrece?
Frunce el cejo.
—Usted es el que manda —responde confusa—. Usted ordena y yo obedezco, ¿recuerda?
Se acabó, no tolero su sarcasmo. Su forma de sacarme de quicio me tienta y no soy ningún niñato. Altivo, contesto, abriendo y cerrando los puños:
—Ya sé lo que quiero.
Me mira los puños y yo los escondo. Expectante, asiente y yo me lanzo a ofrecerle lo que lleva pidiendo desde que ha llegado.
—La quiero desnuda y tumbada sobre mi mesa. Voy a tomarla por insolente.
No titubeo y la boca se me hace agua con su media sonrisa. Está dispuesta. Lo sabía…
Nos miramos y, de pronto, al verme tan seguro y decidido, su rostro se enciende. Se mueve agitada e inspira, ¿controlando su enfado? ¡Me ha estado provocando! ¿Qué esperaba? 
—¿Qué has dicho? —pregunta poniendo los brazos en jarras—. Me parece que no te he entendido bien. 
¡¿Qué?! ¡Me tutea…! Vuelvo a rodear el escritorio y me planto frente a ella sin tocarla, aunque con unas irresistibles ganas de hacerlo. Siento cómo la urgencia que me empuja va creciendo en mi interior… otra vez. Y esa urgencia habla por mí: 
—Señorita Stone, ante todo, no debe tutearme —digo, intentando imitar su voz sin conseguirlo—. Debe decir. «¿Qué ha dicho?». Y contestando a su otra cuestión, aunque por la expresión de su cara creo que ya lo ha entendido, le he dicho que voy a tomarla ahora mismo sobre mi mesa, por insolente. Y vuelvo a repetírselo, túmbese. 
—¿Que haga qué?
Me enciendo. ¿Qué le pasa? ¿Y a mí?
—¿De dónde ha salido? —suelto nervioso, ocultando mi impresión—. ¿Cómo ha venido a parar aquí?
—¿Puedo marcharme ya? —responde crispada.
—Cumpla mi orden ahora mismo.
—¿Está loco o qué diablos le pasa?
Pierdo mi batalla interior.
—Ya lo creo que estoy loco. Si estuviese en mis cabales, la habría echado ya de mi casa, después de desafiarme como lo ha hecho. En vez de eso, le doy la oportunidad de reparar su error. Desnúdese, ése es el precio que debe pagar.
Doy unos pasos hacia ella, su cuerpo me tienta y mis ojos se pierden en su exquisita figura. No me importa quién sea ni de dónde venga, hoy tenía un día de mierda hasta que esta chica ha aparecido provocándome. 
—¡No! —grita—. ¡No se acerque!
—¿No? —La acorralo entre la puerta y mi cuerpo. La siento temblar. Intento no gemir al rozarla—. Como ve, ya lo he hecho.
Apoyo las manos en la puerta, a ambos lados de su cabeza, y la miro a los ojos. Sé que se indigna, porque su respiración se altera, propiciando un acercamiento más íntimo. 
—Como no me deje en paz, se lo voy a contar a sus padres —me amenaza, sosteniéndome la mirada con desafío, y yo empiezo a perderme por completo. Ya no soy dueño de mis actos—. Me está acosando como un asqueroso sátiro… Apártese de mí o empiezo a gritar ahora mismo. 
¿¡Cómo!? ¿Qué mierda se ha creído?
—Hágalo. El despacho está insonorizado. Además, ya gritará cuando la haga mía y me acoja dentro, con esa pasión que está demostrando al resistirse.
Jadea, poniéndome tan duro como una piedra.
—¡Grosero!
Sin embargo, no se mueve cuando me atrevo a deslizar una mano por su muslo y la subo poco a poco. No sé qué me está pasando. Noto en mi palma un calor que me está matando, por culpa de la piel tan tersa y suave de esta mujer. 
—¡No me toque! —gruñe y cierra los ojos… pero no me detiene—. No… no.
Está pidiendo a gritos que la haga mía.
—Señorita Stone, tiene que aprender y entender quién da las órdenes aquí —amenazo, muy cerca de sus labios, que desprenden un delicioso aliento, invitándome a más.
Abre los ojos y no sé qué ve en los míos que la hace volver en sí.
—Yo ordeno y usted obedece, ¿recuerda?
—¡Yo no obedezco ese tipo de órdenes! —Con decisión, detiene mi mano pegada a su muslo—. ¿Sabe qué? ¡Es usted un egocéntrico! Y no me asusta su chulería.
Me vuelve loco. Nadie me ha excitado nunca así.
—Y usted es una maleducada y una desvergonzada. Pero le voy a enseñar modales, a respetar a las personas que están por encima de usted en esta casa... y yo lo estoy. ¿Queda claro? —murmuro, rozando sus labios, con ganas de morderlos. 
Está acelerada.
Su silencio me hace pensar que es así. Le sujeto el mentón e, impaciente, me apodero de sus labios. Reprimo un gemido y, con gesto salvaje, la obligo a abrir la boca y que me devuelva ese beso por el que me estoy muriendo. 
Se toma su tiempo, pero cuando lo hace, rompe todos mis esquemas.
Gime haciendo que me pierda. Mi lengua la busca como no he hecho con ninguna otra.
Mi agitación me obliga a no retroceder. Por un momento, me asusta lo que siento, quiero someterla y quiero más que este beso fogoso, apasionado, que me hace arder. 
La imagino con la misma pasión en la cama… Me impregno de ella, la devoro con ansia.
¿Qué me pasa? No parece asustada, se entrega a mi voluntad. 
—Basta —gime, girando la cara—. Déjame.
—No, quiero más, mucho más.
Yendo más allá de lo que debo, hago un nuevo intento y le toco de nuevo el muslo sin intención de retroceder, deseoso de su contacto. Pero de pronto, un golpe en mis partes bajas me hace doblarme en dos y jadear sobresaltado. 
—¡Te odio! No vuelvas a tocarme —grita ella, escapando—. ¡Ni siquiera me mires!
—Lo vas a pagar —susurro, viéndola marcharse.
Me toco y soporto el dolor de la excitación hasta que éste va menguando y luego doy rienda suelta a mi fracaso cogiendo y dejando compulsivamente los objetos de los estantes.
Por culpa de mi maldita… ¡No, me niego a aceptarlo!  

2. 
Más tarde, tras un fortuito encuentro con Alicia, no sé qué hacer. Me siento asqueado y no confío en nadie. El nombre de Gisele Stone me persigue desde que la he visto y, aunque me niego, acabo yendo a su habitación. 
Abro la puerta y veo cómo se agita un poco la cama, sé que está despierta. El cuarto huele a ella. No puedo ni quiero marcharme y pierdo la batalla conmigo mismo por segunda vez. 
—Gisele —la llamo fríamente, pero ella calla—. Gisele, sé que está despierta. Hábleme o no me controlaré.
Se incorpora y enciende la luz y luego me mira con la intención de encararse conmigo. La veo cansada y también asustada cuando ve en qué estado me encuentro. He bebido, no mucho, pero tengo un aspecto desaliñado. 
¿No me desea? Hoy he podido sentir su atracción por mí.
—¿Qué quiere? —susurra.
—¿Todas las mujeres sois tan perras? —Se sobresalta—. Contésteme. Esta noche no soy capaz de pensar en otra cosa.
—Eres un imbécil. ¿Qué mierda quieres? ¿A qué viene esto?
No sé por qué, mi lengua se suelta como pocas veces lo hace. Quizá por la necesidad de desahogarme o porque ella se ha permitido el lujo de aparecer en mi vida justamente hoy, cuando menos lo esperaba. 
—La pérfida de mi novia me ha engañado con mi mejor amigo y no es la primera mujer que me decepciona de una forma tan cruel.
Me estudia con detenimiento. ¿Qué estará pensando?
—Gisele —continúo—, me lo voy a cobrar. Estoy frustrado, lleno de rabia. Necesito desahogarme y quiero que sea con usted.
—¿Por qué lo paga conmigo?¿Qué le he hecho yo? No me conoce de nada, no tiene ningún derecho a irrumpir así en mi habitación.
—Supongo que el azar la ha puesto en mi camino para burlarse de mí —respondo con dureza. Mis ojos no se apartan de ella, recién duchada y con el cabello alborotado—. Ha aparecido en un momento muy inoportuno. Sobre todo al desafiarme de la manera en que lo ha hecho y provocarme hasta hacerme sentir ansioso de probar su temple en la intimidad.
Se deja caer hacia atrás con gesto cansado y, aprovechando la oportunidad, cubro su cuerpo con el mío. Cuando se dispone a gritar, le tapo la boca con la mano. Quiero zarandearla. Lo que me hace sentir no es bueno. Su piel arde y mi hombría pide a gritos enterrarse en su sexo, ¿húmedo? 
—Chis, no grite —ordeno, sujetándole las manos contra el vientre. Joder…, joder.
Necesito pensar que quiere más, eso me hace sentir poderoso—. Puede decir lo que quiera, pero no se me va a escapar. Mucho menos después del genio que ha demostrado tener hoy.
Lo siento, señorita Stone, me he quedado con ganas de complacerla.
—¿Con qué derecho me hablas así? Vete —susurra sin disimular su enfado, forcejeando—. Quiero que te vayas ahora mismo. No voy a dejar que hagas conmigo lo que te venga en gana por ser un niño rico acostumbrado a tenerlo todo. Yo no soy una fulana y aún menos la tuya.
Me acaba de dar una idea loca y no retrocedo. ¡Claro que sí! ¿Por qué no? Quiero que sea mía a cualquier precio. 
—Puede serlo —afirmo—. Y no me tutee.
—Pero ¿qué se ha creído? Su dinero no puede comprarme, porque yo no me vendo.
Aprieto la mandíbula al ver en sus ojos la negativa. ¿Será otra perra como Alicia? Una parte de mí lo duda… y la otra se ha vuelto irracional con esta mujer.
—¿A usted también le gusta divertirse con los hombres? ¡Dígamelo!
Me pone enfermo pensar que la hayan manoseado demasiado. No sé qué me está sucediendo, quiero parar todo esto, pero no soy capaz. Aunque, ¿de verdad quiero?
Se queda pensativa y luego casi sonríe.
—¿Sabe qué? Sí, me encanta retozar con los hombres en la cama, disfruto mucho al gozar con ellos. —Mi miembro salta, aplastándose contra ella con potencia. ¿Reprime un jadeo? Se recompone—. Pero no lo haré con usted. Vaya a buscar a su novia y desahogue su frustración con ella.
—Gisele, sabe provocarme muy bien —me burlo hipócrita, propiciando otro contacto más íntimo—. No tiene ni puta idea de lo peligroso que es desafiarme así, aún me incita más a desearla. Desnúdese, me muero por verla desnuda.
Gime.
—No, maldita sea, no —protesta, forcejeando. Me va a matar. Cuanto más se mueve más me gusta. No soy yo, es el salvaje que ruge dentro de mí el que habla y lleva el control—. No con usted. Déjeme en paz.
—Bien. Entonces déjeme hacerlo a mí. No me rechace, no si se lo permite a otros.
Esta mujer me produce sensaciones encontradas y, sin querer, haciéndome el duro, suelto…
Palabras…
—Me voy a retirar para permitir que se desnude. Sea buena, señorita Stone. No me iré de aquí sin obtener una satisfacción, y espero tenerla en todos los sentidos. Quiero ver su fogosidad en la cama, esa misma que demuestra al discutir.
Confesiones…
—Ella es una perra. Creía que lo tenía todo conmigo, pero ha buscado refugio en otros brazos. Lo he descubierto esta tarde, justo antes de llegar a casa.
Reproches…
—Esta noche, la muy cínica me ha pedido que la perdone. ¿Debo hacerlo? Siento que jamás podré confiar de nuevo en una mujer. Necesito desahogarme y olvidar.
Proposiciones nada decentes…
—¿Cuánto pide por complacerme? Gisele, sabe que sea como sea la voy hacer mía.
Aproveche la ocasión.
Todo por tenerla y, como todas, me defrauda al aceptar ser… ¿mi chica de compañía?
Aborrezco la denominación, y casi a ella, por no tener sexo conmigo sin dinero de por medio. Pero se empieza a desnudar y pierdo la maldita cabeza. 
La camiseta no es nada sensual, vieja y fea, pero en ella se ve diferente. Se aparta de mí con un leve contoneo y, poco a poco, va quitándose la prenda. Cierra los ojos y yo me deleito con las suaves curvas de Gisele Stone. Es un maldito pecado la forma en que me ha hechizado, es un diablo. Sus pechos redondos y perfectos para mis manos. Su vientre plano.
¿Quién demonios la ha traído? 
—¿De dónde ha salido? —pregunto extasiado.
—De mi casa, vaya pregunta. ¿Le gusta lo que ve, señor Campbell?
No tiene vergüenza, aunque me parece que tiembla de pies a cabeza. Al verla expuesta ante mí de una forma tan íntima y sin pudor, una cuestión me amarga. Han tenido que tocarla muchos para que se haya desnudado con tal frescura, aceptando mi proposición… O puede que realmente la atraiga. En todo caso es una descarada. 
—¿Cuántos hombres la han tocado?
Gatea hacia mí, arrastrándose por la cama. Su trasero hacia arriba y sus pechos con un movimiento nada propio de una chica sumisa… Mierda y mierda.
—No le importa. —Sonríe—. ¿O sí?
¡Me importa! ¡Maldita sea!
—Es como todas. No valen nada. Sólo quieren dinero y aprovecharse de hombres como yo. Desde ahora, yo también haré lo mismo. Las mujeres no merecen la pena. Más de una me lo ha demostrado... Y usted se ha sumado hoy a la lista.
Y, sin previo aviso, la tumbo de espaldas en la cama, frotándome contra su cuerpo con rudeza, confundido por una mezcla de excitación y negación al ver cómo se comporta. Tomo sus labios con ferocidad, pidiéndole más, y ella me lo da. 
Se muestra impaciente, deseosa. Nuestras bocas húmedas se buscan y se encuentran. Mientras me desabrocho el pantalón, me voy perdiendo, y al rozar su sexo con mi miembro, me altero. 
—Estás mojada, pequeña golfa.
Un débil gemido escapa de sus labios. Acerco la mano a su intimidad sin tocarla, poniéndola a prueba, hasta que levanta las caderas… y la acaricio. Está tan receptiva.
El erotismo que desprende me absorbe. No me gusta lo que causa en mí.
—Por favor… —jadea y busca mi boca.
Es una locura, pero me creo con el derecho de pedirle lo que quiera. Es mía… Desesperado al ver su entrega, me abandono a sus labios, sin dejar de acariciar la humedad que aumenta en su sexo caliente. 
Me mata.
—Relájese, la siento tensa —ordeno, extrañado por cómo la percibo de apretada en cada caricia, mientras la excito—. No grite.
No sé cómo, pierdo el control. No sé moderar mis ganas de penetrarla y, en cuestión de segundos, la atravieso sin ningún miramiento. Sin medida.
—¡Ay! —se queja—. Yo… yo…
—¡Mierda!
Me ha mentido. Está tan cerrada que es evidente que no la han tocado muchos hombres.
Ella abre los ojos, aunque no sé en qué momento los ha cerrado, y advierto su vergüenza. No hay dudas y casi quiero reírme a carcajadas. Me encanta que no tenga la experiencia que ha fingido tener. «Yo la enseñaré.» Pero entonces recuerdo que ha aceptado mi dinero, no es inocente. Decepción de nuevo.
—¿Qué ha hecho?
Ni siquiera me mira. ¿Por qué ha jugado conmigo de semejante forma?
—Maldita sea, ¿con cuántos hombres ha estado? —pregunto bruscamente.
Ella permanece quieta y muda, con los ojos cerrados.
—Míreme. Ahora.
Niega con la cabeza. Mi miembro palpita dentro de ella y quiero más.
—Que me mire le digo.
—Maldito bastardo… ¡Bruto!
«Bastardo…»
—No tenía ni puta idea de esto —le aseguro.
Otra vez cierra y abre los párpados y dos lágrimas se derraman de los ojos grises más transparentes que he visto nunca. Me he equivocado con ella, aunque no del todo: ha aceptado el dinero, pero no es la descarada que yo creía con los hombres. Y lo peor es que, al descubrirme esa parte de Gisele Stone, ha ganado la batalla. 
La chica de servicio ha llegado para dinamitar mis barreras. Sin embargo, no lo sabrá, pero yo deseo más de esta intimidad, y no cejaré hasta que consiga saciarme de ella. ¿Será suficiente?  

3. 
Me bombardean demasiadas informaciones, sorprendiéndome y a la vez haciendo que la desconfianza me haga ponerme la coraza.
No sólo no la han tocado muchos hombres, sino que concretamente ha sido sólo uno, un novio que la frustró en el sexo y con el que ha perdido cuatro años… ¿Tanto necesita el dinero como para aceptar mi oferta? ¿O es una mentira más? 
—Me he equivocado con usted —declaro sincero, aunque con las cosas muy claras al ver la clase de mujer que ha demostrado ser. Su cara refleja cólera y en sus ojos hay lágrimas de impotencia—. Pero ya no hay marcha atrás. La he comprado, sí. Es mía hasta que yo quiera, hasta que me canse.
—Eres un estúpido. ¿Es así como lo obtienes todo en la vida? Tienes que pagar para conseguir lo que quieres, ¡qué pena! Soy una mujer de palabra y estaré a tu disposición como deseas, pero sólo por mi placer, para mi capricho y por tu dinero. No porque tú lo merezcas. 
Me siento asqueado y la furia me consume al pensar que tiene razón. Con dinero es como gozo de todo. ¡Igual que de ella! ¡Maldito dinero!
—Bien... como quiera —contesto y empiezo a apartarme de su cuerpo, gruñendo por el dolor de mi entrepierna—. Pero tenga cuidado —añado—. No soporto lágrimas ni reproches.
Mucho menos desprecio.
—Eres un ser miserable…
Tengo los músculos agarrotados y al ir a salir de su condenada y abrasadora cavidad, ella me sujeta del cuello de la camisa y tira de mí, que entro en su interior bruscamente al caer sobre su cuerpo. ¡Dios! 
Se retuerce. Me muerde el hombro y sus uñas se clavan en mi espalda. Una ola de locura me arrastra y destroza al sentir su estrechez y negarme a torturarla. 
—No se vaya…
Suplicando, así la quiero ver.
—Joder, joder —mascullo, gimiendo—. Está condenadamente estrecha. Recuerde, usted lo ha querido.
Su rostro se contrae y veo que se muerde los labios mientras me clavo en ella con la necesidad del ser primitivo que me domina sin yo quererlo. No puedo evitar ser brusco, incluso aunque sé que puedo hacerle daño. 
Quiero aborrecerla… Hoy ha sido mi perdición. Me muevo con agonía, con intensidad.
Embestidas colosales impulsadas por mi pelvis, descontrolada como yo. 
Dentro, fuera. Fuerte… Entregados a esta repentina atracción.
La inmovilizo, aferro sus manos, mientras ella me provoca al mirarme los labios con el deseo destellando en sus ojos. ¡Basta! Es una insolente. Quiere besarme, pero no pienso ceder. Aquí soy yo el que impone las reglas y besar en un momento así supone que hay sentimientos. 
—No —ordeno seco. Su boca entreabierta me tienta—. No doy besos… No mientras tengo sexo.
Y aunque lo intenta una y otra vez, no le doy ese poder. Porque no siento nada por ella como para entregarme en todos los aspectos. Muevo las caderas con impulsos sensuales y enérgicos, con el orgullo de saber que le gusta. 
Sus gemidos lo confirman, su forma de venir a mi encuentro, pegando su cuerpo al mío. Tiene la vista desenfocada, se muerde los labios, reprime sus chillidos. 
Estar dentro de Gisele Stone no es lo que esperaba, me desborda y satisface, pero no termino de saciarme. Y cuando habla, desafiándome, me enfurezco hasta agonizar. 
—Más… —suplica—. Ven… Quiero besarte —implora—. Oh, sí. Sí… me gusta… —me provoca. 
Arqueándose, torturándome al contraerse y aprisionarme dentro de su sexo ardiente, con mi virilidad tan dura que podría destrozarla en cada satisfactoria invasión. 
—Joder. ¡No haga eso! —protesto cardiaco.
—¿T-Te gusta?
¿De dónde diablos ha salido?
La toqueteo cómo y dónde me da la gana, desesperado, vehemente. La muerdo y la chupo, la embisto y gozo de ella como jamás he hecho con ninguna otra mujer, porque nunca me he cruzado con ninguna otra parecida… 
Y aún hay más. De repente toma la iniciativa, se deshace de mí y me pilla por sorpresa al cambiar de postura, con sus atractivas y delicadas curvas encima de mi cuerpo. 
—Quiero demostrarte que estoy a la altura —me susurra provocativa, risueña—. Ahora voy a mandar yo.
¿Qué? Serio, escondo mi sorpresa.
—Adelante, me muero de ganas de verla cabalgar sobre mí.
Ahora soy yo quien la ha desconcertado. Mis manos recorren sus muslos, su piel desnuda. Su figura es un puto pecado y ella una desvergonzada.
—Tiene un buen culo. Demasiado tentador.
—Es todo… tuyo —musita coqueta, inclinándose hacia mí.
Sus pechos se mueven cerca de mi rostro, excitándome aún más.
«Detenla.»
Desinhibida, altanera.
—¿Por qué desea complacerme? —pregunto. Hace un nuevo intento. ¡Basta, joder!—. No me bese.
—No deseo complacerte. Lo hago por mi propio placer.
Estoy a punto de rechinar los dientes. Protesta, me reta… me cabalga. Apoya las manos en mis muslos y se arquea hacia atrás, dejándome una vista perfecta de su cuerpo, de la unión de nuestros sexos. 
¡Maldita sea! Y sé que no tendré suficiente de esta insolente que me acoge mirándome a los ojos, sin miedos… No como los muchos que yo me niego a revelar. 
Esta chica no es nadie para descifrarme, no confío en ella y yo no quiero que lo haga… aunque haya sucumbido a sus encantos. Pero no. ¿Sucumbir? ¿Así de fácil y rápido? Me niego. 

   4. 
Los rayos de sol entran por mi ventana dando la bienvenida a un nuevo día. Un día más. ¿Qué es mi maldita vida? Un infierno sin final. Hoy me hago la misma pregunta: ¿por qué? No hay respuesta.  
Cuando tenía doce años, mi madre biológica me abandonó porque era un bastardo, simplemente porque no podía soportar las acusaciones de los demás. Me dejó un día sin decir nada. Desde entonces, mi vida jamás volvió a ser la misma. 
Tiempo después, cuando William y Karen me adoptaron, sentí que tal vez todo podría cambiar, pero no fue así. Fui recibido como uno más de la familia, tanto por ellos como por mis hermanos, Roxanne y Eric, pero nada pudo borrar el dolor de lo ocurrido los años atrás.
Luego vino el suceso de Amanda... lo que viví a su lado y que no puedo ni recordar.
Después del abandono de mi madre, eso volvió a destrozarme. Mujeres… falsas y malas.  Al conocer a Alicia, creí que mi vida se iluminaba, pero día a día ella misma fue apagando la esperanza. Con el tiempo he entendido que lo único que la ataba a mí era mi dinero… como la mayoría de personas que me rodean. 
A pesar que William y Karen me dieron bienestar económico, la situación no me hace feliz. Nadie, excepto ellos, me quiere por mi forma de ser. 
Sé que soy complicado, que es difícil soportarme cuando me descontrolo. No quiero hacerlo, pero es algo que sucede.  Apenas he dormido, casi nunca lo hago, ¿¡y qué!? Ya estoy cansado de justificarme. Sé el porqué de mis cambios, ahora arriba y el siguiente minuto abajo. Quien me quiera ha de hacerlo con ello. Ése es mi equipaje y va conmigo. 
—Le aconsejo que su familia lo sepa, sobre todo su pareja —me dijeron una vez—. Para que lo entiendan. 
Alicia me entendía sin saberlo. Durante estos años, he seguido mi relación con ella para no estar solo. Su presencia a veces me reconfortaba y yo procuraba darle cariño y mostrarme generoso, pero no hay nada más… no la amo. 
Me miro los puños. Aún me duelen tras mi último arrebato... mi último ataque.
Ahora ha llegado esa criatura tan desafiante a mi vida, Gisele Stone. ¿Qué hice anoche con ella? Poseerla ha sido lo más placentero que he experimentado nunca.
La chica de ojos grises, tan rebelde, me sorprendió como no lo lograba nadie desde hacía mucho. Me complació como si fuese una experta e incluso me quedé con ganas de más.
—¡La odio! —grito impotente.
Rememoro cada segundo vivido en la cama con ella, con simple sexo… Me doy asco. Gisele Stone seguramente vale muy poco, dinero y nada más, pero al rememorar mi actitud, siento rechazo hacia mí mismo. Hoy voy a tomar dos decisiones que pueden cambiar mi vida.
La primera es escribir un diario, en el que plasmaré cada arrebato. Me decidí a ello después de que esa chica me gritara: 
—¡La próxima vez, cómprese un diario y se desahoga en él!
La segunda decisión quizá sea la más problemática. Es hora de que me enfrente a lo que hasta ahora me he negado a hacer. Mi comportamiento a veces es deplorable y, aunque sé que no podré cambiar, que siempre será así y que ella no lo merece… tal vez pueda mejorar, estabilizarme.
¿Es lo que quiero? 
Me he acostumbrado a reír y gritar, golpear y mandar, todo sin límite. ¿Merecen Karen y William ser tratados así? La verdad es que no, pero me cuesta tanto…
Gisele Stone, una mera sirvienta, me está trastornando la maldita mañana, ¿quiere perjudicarme? ¡La voy a echar! 

Pero los días pasan y mi dureza, mi brusquedad y mi pasión por ella no disminuyen. No puedo imaginar que otro la toque, ni que la mire. Me obsesiono con eso. Me he vuelto adicto a Gisele Stone, vivo escondido tras una fría máscara que no le permite saber nada de mí… 
—¿Qué desea, señor Campbell?
—Cierre y venga aquí.
—¿Puedo saber para qué?
Me mira fijamente desde la puerta de mi despacho e intuyo que esconde una sonrisa. «No te atrevas a reírte de mí.»
—Creo que ya lo sabe, no me haga esperar. —La llamo con el dedo. Se vuelve y me da la espalda. Miro su falda tan corta… sus piernas… «Detente», quiero decirle. Me desespera—.Ya. 
Camina hacia mí, meneando mucho las caderas. ¡¿Qué pretende?!
Me pide dinero, repeliéndome, confirmando que es una más… Cede a mi placer y me pone contra las cuerdas constantemente con palabras y acciones. Sin embargo, solicito que sea ella quien se encargue de mi despacho, dejando atónita a Karen. 
—Así será —dice ésta sin preguntar.
Pero Gisele Stone va más lejos.
Me acaricia cuando no es eso lo que yo quiero de nuestra relación y, tras reprochárselo, se da cuenta de su error. Pero furiosa al saber que, para protegerla, le he hablado de ella a Alicia diciendo que es una esclava sexual y no la chica de servicio, un día me espera en mi cama al volver yo de una insoportable cena. 
Cuando me planta cara, sólo pienso en poseerla, en marcarla hasta que entienda que ella no es nadie para poner mi mundo patas arribar. ¡A la mierda con todo!
—Olvidar —gimo dolido, entrando en su juego.
Me froto contra ella tras discutir por su insolencia de atreverse a entrar en mi habitación no estando yo presente.
—Sus palabras son dañinas. 
—Las tuyas más —contraataca, buscando que la penetre. Pero no lo hago, aunque me muero de ganas. ¡No se merece nada!—. ¡No soy un insignificante juguete!
—Hoy ha demostrado que sí —respondo rabioso contra su cuello. La muerdo, quiero hacerle daño—. Se ha comportado como una descarada meretriz. 
Discutimos de nuevo. Le digo que se vaya, pero ella no lo hace al ver que ha desatado mi furia con su inoportuno comportamiento. Consigue que le cuente cosas de mi vida, de Alicia, de Sam… ¿¡Qué demonios busca!? 
—Usted no sabe absolutamente nada de mi puta vida —le digo—. ¡Nada de nada!
—Explíquemelo entonces. También sé que necesita desahogarse, hágalo conmigo…
Estoy aquí.
¿¡Con ella!? No, después de lo que ha propiciado con su carácter altanero.
No quiero confiar en ella. No suelo creer en nadie y menos aún al ver cada día cómo la gente me traiciona. Pero esta chica me atrae de forma brutal y además se me está ofreciendo.
—Como quiera, pero luego no se queje. Yo se lo he advertido.
Se arrodilla a mis pies y, provocadora, mira hacia arriba y se echa el cabello a un lado para que la vea a la perfección. No puedo más. ¡Me tortura! Agarra mi pene entre las manos y se lo acerca a la boca. 
—Con suavidad —le digo. Ella saca la lengua y me lame la punta. Joder.
—Mmm… está salado. Me gusta, señor Campbell.
Pasa la lengua alrededor, apoderándose de mí. Su boca es traviesa, lame y succiona. Tengo ganas de tirarle del cabello, quiero arañarla, poseer su boca.
—Más rápido, maldita sea, más deprisa —ordeno, saliendo a su encuentro, inquieto.
Entierro los dedos en su pelo revuelto, mientras ella me hace vibrar en cada chupada como una experta.
—Ha venido del infierno para tentarme, para quemarme.
Lo sé. 
Y hay más. Me da un beso tan lento y suave que me desconcierta. «Nada de cariños.» La deseo de nuevo y la reclamo.
El deseo nos lleva a explorarnos, a recorrer cada centímetro de la piel del otro, a entregarnos al placer como salvajes.

 Después de la fiesta de mi veintinueve cumpleaños con mi familia y amigos de ellos, agonizo por estar con Gisele, pero no puedo gozar más  de ella porque se ha ido de copas con su amiga. 
A pesar de ello, pasamos la noche juntos… al amanecer, me tengo que ir, pero más tarde voy a buscarla a la piscina, donde sé que pasará el día con sus amigos. Me enfurece verla con ellos y cuando su amigo Thomas la besa, me siento engañado… 
   Sin poderme contener terminamos peleando cuando sale detrás de mí.
—¡No me provoque, no lo haga! —le espeto.
Gisele intenta explicarse, pero yo no la dejo.
—Creía que eras un hombre más inteligente —dice ella—, pero ya veo que me equivocaba. A la perra de tu novia le perdonas que te engañe con tu mejor amigo, en cambio, conmigo, que no te he dado motivos para que desconfíes de mí, no lo haces. Los has perdonado a los dos sin cuestionar nada, ¿por qué a mí no me escuchas? Ya sé que me vas a decir que soy una minucia en tu vida, pero al menos déjame explicarte que esta minucia no tiene nada que ocultar.
Cierro y abro los puños, furioso.
—Se está pasando, Gisele, y mucho.
—Pues te jodes.
La agarro del brazo, rabioso y posesivo. Tengo que detener esto, necesito despreciarla y odiarla. No volver a buscarla.
—Hoy es mi día libre —añade ella—, pero aun así tú te empeñas en estropeármelo. Pues  ¿sabes qué? No lo vas a con seguir. En cuanto vuelva a entrar ahí con mis amigos, me voy a olvidar de ti y de toda tu porquería.
Lucho por creer que no me estaba engañando con Thomas, que él es sólo un amigo, sin embargo, no soy capaz. La confianza no está hecha para mí, no con la vida que he llevado.
Estoy a punto de romper el trato, hasta que recapacito en un momento de lucidez. 
—Usted dice que sólo me quiere para el sexo, para su placer —murmura seca—. Pero luego me busca cuando estoy de fiesta, o en la piscina y también me quiere llevar de compras... Le vuelvo a repetir la pregunta, ¿qué quiere de mí?
—La quiero a usted entera —confieso sin pensar, arrepintiéndome al segundo cuando noto que se estremece—. Quiero su cuerpo, su entrega, su alegría. Sin reservas. Lo quiero todo de usted.
«Sin sentimientos», añado para mí.

No soporto la idea de que pueda estar con otro. Y termino pidiéndole en su cama.
—Gisele, no quiero que nadie más la pruebe, ¿entendido?
—¿P-Por qué? —pregunta confusa—. ¿A qué viene esto?
—Porque soy muy egoísta. No lo haga, dígame que no lo hará. No al menos el tiempo que sea mía. —Le exijo que me mire a los ojos—. Prométamelo.
¿¡Por qué no dice nada!? Traga saliva.
—¡Prométamelo! —insisto—. Gisele…
Asiente y gime.
—Lo prometo —dice al fin, calmándome—. Prométalo usted también. 
—Se lo prometo.
¿Cumplirá su palabra? ¿Y yo…?

Los días siguientes sigue habiendo problemas, contradicciones, me siento confuso, hasta que decido poner tierra por medio con un viaje de negocios para mi agencia. ¡Que se vaya al infierno! Tengo que detener esto, esta angustia… ¡¡Maldita sea, mil veces maldita!!
—Matt —dice mi socio mientras desayunamos, o hago el intento—, ¿estás bien?
—Sí.
—Creía que este viaje te sería beneficioso en cuanto a los problemas con Alicia, pero te veo muy inquieto.
—Pues estás equivocado y déjame en paz.
—La has perdonado.
—También a él. —Aparto la comida—. Alicia cree que tiene que aguantar el castigo de no tener sexo conmigo hasta que yo vea que ha cambiado. En realidad son excusas. No quiero tirármela, lo que quiero es que me deje. Mientras tanto, utilizo el dinero para callarla… Qué más da. 
—¿Y con Sam?
—Si he perdonado a Alicia, ¿por qué no a él?
—Esto no puede ser, Matt, no comes, no duermes…
—¡Te he dicho que me dejes en paz!

El susurro del viento me desquicia. Pienso en Gisele y siento que me voy a volver loco si no la toco, si no la siento…
¿Qué me pasa con esa niña? «Con usted nunca sé qué hacer. Pero sí, lo extraño…», me ha dicho cuando la he llamado por teléfono, y sus palabras me han aliviado. Es como una droga para mí y en estos momentos, lejos de ella, sé que no es algo bueno para mí. 
Me estoy obsesionando, los días sin verla son una tortura. Desesperado, me he arriesgado telefoneando a mi casa para oír su voz, para sentir su simpatía, su alegría…
«Basta, imbécil —me digo—, te manipula y sólo está contigo por dinero.»
Luego está la propuesta de que haga de modelo para la agencia… Yo jamás hubiese permitido que posara para otros, pero los clientes han visto sus fotografías y les ha gustado.
A mí la idea no me alegra nada, Gisele es mía y sólo mía. Pero al verla tan emocionada con la propuesta, he accedido a que pose como chica de servicio en un reportaje. 
¿Qué mierda me está haciendo esta mujer?
Al dejarla el día de mi despedida, se la veía tan hermosa y apetecible que hubiese dado cualquier cosa por quedarme a su lado. Hasta la besé de forma diferente, con ternura.
—Lo voy a extrañar, Campbell —me dijo con voz temblorosa—. No tarde en volver. 
¿Por qué esa conexión con ella si sé que lo hace por una cuestión económica? O no… Me escucha, yo le he hablado de mi vida, sin ocultarle el monstruo que hay en mí, y no ha huido. 
—¡Dinero! —grito—. ¡Maldita seas, Gisele! 

5. 
Tomo el primer vuelo que puedo, pero al llegar, me he dado cuenta de que no es suficiente. La necesidad de fundirme con Gisele, de dormir abrazado a ella, que se aferra a mi cuerpo casi sollozando, me ha podido. ¿Qué es todo esto? 
—Está aquí, ha vuelto —me susurra.
—Sí.
—Le he extrañado —añade poco después.
Sus ojos me dicen que hay más, su boca se niega a confesar. ¿Sólo la une a mí el deseo y nuestro pacto económico? No puedo más, ya no sé contenerme cuando se trata de ella.

—¿Matt? —Me incorporo al oír la voz de Karen tras la puerta.
—Pasa.
Entra y se sienta a mi lado en la cama. Sé que viene por lo ocurrido hoy con Gisele. Nos ha pillado juntos en su habitación, mientras ella lloraba por una de mis extrañas reacciones.
—Hijo, necesito que hablemos —dice Karen.
Asiento. Le debo una explicación y sobre todo una disculpa.
—¿Qué ha pasado con Gisele? —pregunta afectuosa.
Suspiro. ¿Cómo empezar? Es todo tan extraño y complicado.
—Karen, Gisele y yo tenemos algo. Y debo reconocer que no me he portado bien con ella.
Apesadumbrado, pienso cómo se lo tomará. Karen siempre me apoya, aunque en esta ocasión no lo merezco.
 —Cuando Gisele llegó a la casa —continúo—, la deseé nada más verla. Se la veía tan alegre, a la vez que tan desobediente, que me dejé llevar por los impulsos. Estaba pasando un mal momento con Alicia y ya el primer día, apenas durante los primeros minutos, le dije a Gisele lo que quería de ella. 
Karen se sorprende, pero no deja de acariciarme, con la ternura de la verdadera madre que es para mí. 
—La acorralé entre la puerta y mi cuerpo y la toqué sin su permiso. Por favor, no me preguntes qué me pasó, porque no lo sé. Soy consciente de que eso fue cruel por mi parte, pero había tenido un día horrible con lo de Alicia y llegó esa joven, desafiándome... Quise desquitarme, pero fue un gran error. Estaba fuera de mí.
Sus ojos se abren de asombro ante mi vergonzosa confesión, pero con un suave apretón me alienta a continuar. 
—Gisele huyó de mí, pero por la noche entré en su habitación y, con mi insistencia, conseguí que se me entregara. —Me paso la mano por el pelo, atormentado—. A pesar de todo, me recibió bien, y lo hace cada vez que la busco... Bueno, en realidad tenemos un pacto, pero ese detalle me gustaría que quedase entre ella y yo. 
Me atrevo a mirarla y sé que la he decepcionado.
—Karen, lo siento, sé que ésa no es la clase de educación que tú y William me habéis dado, pero no sé qué mierda me pasa con Gisele.
—El día de tu cumpleaños, cuando rompiste el jarrón, estabas con ella, ¿verdad? —Yo asiento, sorprendido—. ¿Qué ha ocurrido hoy?
Otro de mis ataques...
—Ya sabes cómo reacciono cuando siento que algo se me va de las manos. No quiero hacerlo, pero no encuentro otro modo de tranquilizarme. Hoy Gisele me ha dicho que no estará mucho tiempo aquí. No me lo esperaba. 
—Sí, así es —confirma Karen, destrozándome—. ¿Cuál es el problema, Matt?
Me levanto frustrado.
—No quiero que se vaya —confieso, mirando a través de la ventana—. No me preguntes por qué, porque ni yo mismo lo sé. Sólo sé que me siento bien con ella, que me hace sentir vivo... Añoro la alegría que desprende. Creo que me estoy obsesionando con esa chica y eso no es nada bueno, pero no tengo forma de detenerlo.
—¿Y ella, hijo? ¿Qué siente?
«Nada», respondo mentalmente, maldiciéndome.
—Creo que sólo deseo. Sé que le gusto y que se siente bien a mi lado, pero me parece que no hay nada más. Gisele está aquí porque necesita el dinero para pagarse los estudios. En realidad, nada la retiene —reconozco con pesar—. Por otro lado, yo tampoco sé qué es lo que quiero de ella, o cuánto tiempo lo querré.
Karen se me acerca y me aprieta el hombro, dándome fuerzas.
—Cielo, aclárate y piensa por lo que crees que vale la pena luchar. Tal vez Gisele pueda hacerte cambiar. Hoy no sólo la he visto asustada, también preocupada, y era por ti.
En este momento, la veo en el jardín de abajo, hablando por teléfono.
—No le hagas daño, parece buena niña. Y, sobre todo, no te hagas más daño a ti mismo… Es preciosa.
Karen también la está mirando.
—Verla llorar me ha desarmado —susurro—. Aun así, ella me ha consolado a mí. Me ha abrazado con una ternura…, con tanta desesperación. Me he sentido avergonzado de mi comportamiento. Karen, está tan llena de vida y de alegría. Me entiende como nadie lo ha hecho antes, aparte de vosotros.
—No la dejes marchar, hijo —dice, aumentando la presión en mi hombro. La miro y sonríe—. Me gusta ver cómo te planteas las cosas. Me encanta tu forma de hablar de ella.
Hay algo más en Gisele, hijo, sé que lo hay. Ella se preocupa por ti y tú por ella. Con Alicia nunca te he visto así.
—Es diferente. Pero Gisele teme que la vayas a regañar. No lo harás, ¿verdad?
Karen niega sonriendo. Parece ocultar algo que a mí se me escapa, ¿qué será?
Vuelvo a mirar por la ventana, Gisele ahora está sentada en el banco y veo cómo me espía de reojo, derrochando simpatía. ¿Qué voy a hacer con ella?
Me doy la vuelta, sonriendo. Me tiene impresionado.
La charla con Karen me deja aún peor de lo que estaba. No sé qué hacer y, para colmo, cuando voy a mi despacho, llega Alicia.
—Cariño, parece que no te alegras de verme —dice, mientras permanecemos sentados frente a frente, como dos extraños—. ¿De verdad quieres hacer algo para salvar lo nuestro?
—Alicia, creo que esto tiene que terminar aquí. Ambos sabemos que jamás volveré a  confiar en ti. Tampoco entiendo cómo he podido creer que podría fiarme de Sam. Mi amistad con él acabará en cuanto lo vea, al igual que lo nuestro muere ahora mismo. No puedo seguir con esto, he sido un idiota.
Ella rodea el escritorio y se apoya en él, entre mis piernas.
—¡No! ¿Es por la mujer a la que le pagas para tener sexo? —Su imagen irrumpe en mi mente sin previo aviso, sobre todo al tener a Alicia frente a mí en la misma postura en la que Gisele estuvo días atrás—. ¿Quién es? 
—No tiene que ver con ella, esto es entre tú y yo. Aquí ya no hay nada que hacer. —Sonríe perversa y adivino qué va a hacer—. ¡No! No quiero que me toques. No quiero juegos. Aquí termina todo, tanto si te gusta como si no. Ahora, vete, por favor.
—¿Qué te da ella que no te dé yo? —pregunta con altanería—. ¿Esto?
Su pie se posa en mi virilidad y ante mí reaparece la viva imagen de Gisele. Tan perfecta y hermosa
—Tú no eres mi dueño —me dijo en ese momento, provocándome, mientras deslizaba el pie derecho por encima de mi pantalón—. Tú eres mi jefe, que es muy diferente.
Mis ojos se cierran al sentir cómo con su pie traza eróticos círculos sobre mi masculinidad, ya excitado. Sin ninguna vergüenza, me coge la mano y se la mete dentro de la braguita.
Gime.
—Ya está mojada para mí. —Me pudo, se movió y perdí la cordura. Gisele era especial—. Este pie me está matando.
—¡Ah! —jadeó, al notar cómo mi dedo se introdujo en ella con soltura. Estaba preparada, receptiva. Gemí—. Hmm, qué salvaje… me gusta.
Se tumbó lentamente hacia atrás, sin apartar el pie de mi miembro. Provocándome, excitándome… ¡Un momento!
Cuando abro los ojos, veo que no es ella quien me toca. Alicia está frente a mí, besándome con pasión. Yo le estaba devolviendo el beso con la misma entrega, creyendo, pensando que era Gisele. Me levanto y la aparto con repulsión. ¿Cómo me he dejado llevar por un puto recuerdo?
—¡Basta! —grito, sintiendo asco de mi propio comportamiento. ¿Cómo se ha podido colar Gisele en mi mente de esa forma? Me enferma mi debilidad por ella—. ¡Alicia, vete!
—Matt, tienes que saber una cosa. —¡No! ¡No! ¡No!—. Estoy embarazada y no sé si es tuyo o de Sam… Ahora no puedes dejarme. Sabes que lo más probable es que tú seas el padre… Él y yo, en fin, no fue más de…
Ya no la oigo, únicamente pienso en Gisele, ¿romperá nuestro pacto al enterarse de esto?
Un instante después he perdido de nuevo el control. La sensación de vacío me inunda. Sé que no me lo perdonará. 
¡Es lo mejor, joder! ¡Que se vaya!
Sin embargo, le pido lo contrario. 

6.
No me perdona. Me pide tiempo… Llora y sé que le duele, aunque lo quiera disimular. Temo perderla y quiero creer que también ella teme perderme a mí. Pero no es amor lo que siento, me niego a pensar eso. La posibilidad del desengaño siempre está presente y también la barrera que yo mismo levanto, protegiéndome. No soy vulnerable…, no quiero serlo.
Tenemos una fuerte discusión y me voy de viaje unos días.
No duermo, Gisele me atormenta en la distancia y, con pesar, reconozco que la echo de menos… A mi vuelta, me cuelo en su habitación y la miro dormir. Algo se ablanda en mi interior, estoy cediendo. Parece inquieta, intuyo que también está mal y, egoístamente, necesito creer que es por mí.  
—No me has llamado —le reprocho en voz baja, cerrando los ojos—. No me has perdonado. —Camino hacia la puerta, negándome a contemplarla más—. Todo es una mierda. 
Me encierro en mi habitación. ¿Podré dormir?
Tengo pesadillas, siempre las he tenido, pero hoy se abren con más intensidad las heridas. La causa es la misma de siempre: me siento abandonado.
Pero Gisele Stone me sorprende de nuevo colándose en mi habitación. Y hoy por primera vez le imploro que me bese mientras hacemos el amor…
—Béseme, Gisele —suplico.
—¿Q-Qué?
—Pídamelo. —Me fundo en su interior, retrocedo—. Pídamelo, Gisele.
—¿Lo haría?
—Pruébelo.
¿El motivo? Porque no es un polvo más y, desesperado e impaciente, me dejo llevar por el sentimiento que me ata a ella.
—Hoy me ha besado mientras… ¿Qué significa para usted besar mientras tiene sexo? —dice después, aunque sabe que odio las preguntas.
—Que no es sólo sexo.
—Y entonces ¿qué es?
—Usted se ha convertido para mí en alguien especial.
Me mira emocionada y, a continuación, me dice que no quiere mi dinero, que nunca lo ha querido, y me devuelve el que ya le he dado.
Me la quedo mirando en busca de algún signo de tomadura de pelo. Ella se ríe con picardía y parece sincera. Me desarma cuando me acaricia la mejilla con ternura, acelerando mi sombrío corazón. 
—¿Qué quiere decir? —pregunto cauteloso—. ¿No desea que le pague?
—Eso he dicho.
—¿Por qué? ¿Porque le gusta tener sexo conmigo o porque le gusto yo? —Aguardo su respuesta en vilo. Y ella sabe que exijo sinceridad.
Se deja caer hacia atrás, desnuda… Es una diosa bella y sensual. ¿Qué pretende? Me contengo, luchando conmigo mismo. La bestia pide ser liberada.
—La verdad es que tener sexo con usted es un placer —asegura picarona—. Pero no podría hacerlo si usted no me gustara, por supuesto. Y me gusta… mucho.
—¿Desde cuándo?
—Aclare la pregunta, ¿desde cuándo qué?
—Le gusto. —Y añado—: Mucho.
Resopla.
—Desde el primer día que lo vi. Incluso tan prepotente, borde y salvaje como se mostró. —Lo dice con dulzura, sonrojada—. Y los días van pasando y usted se va mostrando... Bueno, se ha convertido en parte de mi día a día. Si no está, lo extraño, estoy decaída, no hay diversión.
Una repentina felicidad se apodera de mí. ¿Cómo puedo gustarle? Me sorprende, me impresiona. Yo también me siento así. 
Toda mi idea de Gisele cambia. El sobre con el dinero está delante de mí y no ha tocado ni un solo euro. Le gusto. Pero entonces ¿qué la llevó a aceptar? 
—¿Por qué se queda callado? —Parece preocupada.
—¿Por qué aceptó el trato?
Se tapa con la sábana, sabe que no puedo apartar los ojos de su cuerpo e intuyo que ella también necesita aclarar lo nuestro con la cabeza fría. Se la ve pensativa y orgullosa de su decisión. 
—Sabe que me gusta chincharlo. Sobre todo, después de la forma en que usted se comporta a veces. —Se sienta sobre los talones y prosigue—: El primer día, entró en mi habitación prácticamente exigiendo... Yo sabía que de una forma u otra íbamos a terminar como lo hicimos, pero quería demostrarle que no iba a ser una mujer sumisa a la que pudiera manejar a su antojo. Y me propuse pagarle con su propia moneda.
¡Joder, joder! Si ella supiera adónde me llevó esa misma reflexión al día siguiente.
—Gisele, nunca le he dicho cuánto lo siento. No sé qué me pasó con usted desde el primer momento.
—¿No lo sabe o no me lo quiere contar?
—Pensará que estoy loco.
Ríe.
—Ya lo pienso —me susurra al oído, lamiéndome la oreja—. Cuéntemelo. 
La acomodo junto a mí y apoyo la cabeza en su hombro, mientras ella juega con mi cabello, regalándome una ternura que me trastorna, que me desarma.
—Aquel día no podía haber ido peor, Sam, Alicia... No eran celos lo que sentía, sino rabia por su traición. Yo confiaba en ambos. Y entonces me encontré ante una criatura de ojos grises tan transparentes que me encendieron, descontrolándome.
Está temblando, su corazón galopa frenético. ¿Qué sentirá? Y como no dice nada, continúo: 
—Además, usted me desafiaba, me ponía a prueba y me alteraba como nadie. La quería tocar, probar, y por primera vez en los tres años que llevaba con Alicia, no me importaba serle infiel, aunque en teoría ella y yo ya no estábamos juntos. 
»Quería engañarla con la descarada que había aparecido en mi despacho excitándome... Sentí que usted era mía, eso era lo único que pensaba, igual que el día que Thomas la besó.
Me enervo al pensar en su amigo. 
La dejo sobre la cama y le tiro suavemente del pelo, exigiendo que me mire. Sus ojos impacientes me estudian, es preciosa ¡joder!, y nadie más que yo puede tocarla.
—Y lo es, recuérdelo, Gisele, me lo ha prometido.
—No lo olvido.
Se acurruca y me arrastra con ella. Nos quedamos tumbados de lado, sin tocarnos. He saboreado cada parte de su cuerpo en diferentes posturas. He penetrado por primera vez donde ningún otro lo había hecho, enseñándole a probarnos en la intimidad. Nos miramos.
¿Es mía? ¿Hasta cuándo la querré de esta manera? ¿Podrá soportar mis miedos…? 
—¿Qué pasa? —susurra, interrumpiendo mis pensamientos—. ¿Qué es lo que lo tiene tan lejos de aquí?
—Nada —contesto con sequedad—. ¿Qué hace esta noche?
—¿Me está pidiendo una cita, señor Campbell? —ronronea.
—No lo creo —respondo divertido. Me prueba constantemente, su sonrisa brilla radiante—. Pero hoy me gustaría salir y quiero hacerlo con usted.
—Bien, entonces podríamos tener una no-cita. ¿Qué le parece?
Acepto.

Le compro bombones, no es un detalle romántico, es un detalle. Sólo eso.
Al volver esa noche de la cena, tan aclaratoria sobre nosotros y nuestra relación, la arrastro impaciente hasta mi cuarto. Está preciosa, provocándome como una condenada diablesa.
¿Quiere sacarme de quicio? Parecen no importarle mis extraños comportamientos. ¿Y si…? ¡No! Le quito la ropa casi arrancándosela y ella hace lo mismo con la mía. Su deseo es del mismo calibre que el mío. 
—Gisele… esto se nos está yendo de las manos. 
—Lo sé. —Me acaricia el pecho y me lo besa. «Tengo que pararla»—. No me lo recuerde.
—¿Va a dormir conmigo?
Busco su boca, acariciando sus pezones sensibles y rosados. Enhiestos, esperándome. No tiene idea de lo que hace conmigo.
—Si me lo pide, lo haré… Haré cualquier cosa, pero tóqueme. No deje de hacerlo, por favor… —Suspira. Me mira con detenimiento y su mirada se ilumina, provocándome ternura. ¿Qué siente? ¿Hay más? Me resisto a que lo haya—. Campbell, lo echaba de menos, no me deje más —carraspea—, por ahora. 
«Por ahora…»
Se pone a horcajadas sobre mí y yo la penetro hasta que me acoge por completo. Gemimos y de nuevo se atreve a besarme en la boca… No se lo niego. Sé que no es sólo sexo. ¿Alguna vez lo ha sido desde que llegó? ¡¿Tanto me he equivocado con ella?!
—Quédese —susurro—. No se vaya esta noche.
—Las que quiera.
La lanzo sobre la cama y arremeto con fuerza, con intensidad. Ella me acoge en su interior con cada dura embestida. La empalo con el mismo anhelo con que necesito respirar, hambriento, perdiéndome en cada caricia que recibe mi cuerpo. 
Beso sus pechos, su cuello… La chupo, la saboreo. Empiezo a quererlo todo de ella, ¿o siempre lo he querido? Estoy confuso y la única forma de ahuyentar los complicados pensamientos que me llegan es clavándome en ella y penetrándola salvaje. La bestia se libera… 
Gisele Stone no tiene límites y me devuelve cada gesto con la misma desesperación que yo. Me pide más y yo… se lo doy. 

7. 
Me despierto al notar que su cuerpo se aleja del mío. Incómodo por el frío que siento sin su piel, la busco. Está boca abajo, con su suave y blanca espalda desnuda, su largo cabello esparcido a su alrededor sobre la almohada y su semblante tan indefenso que duele mirarla de lo hermosa que es. Sé que últimamente le robo horas de sueño, pero ¿qué puedo hacer? 
En mi cabeza resuena la ansiedad de sus preguntas, preguntas que me han marcado ferozmente. «¿Qué pasará cuando me vaya? ¿Ya nunca más voy a saber de usted?» 
Necesito tiempo para saber hasta dónde soy capaz de dejarme arrastrar en mi obsesión por ella. Sobre todo para que Gisele conozca al verdadero Matt, antes de arrepentirse de sus preguntas. ¿Querrá quedarse conmigo? ¿Por qué me produce todo esto? ¿Me abandonará? Si es así, no lo soportaré. 
—Sí —musito—. Sería lo mejor.
Acaricio la piel clara de su espalda sin defectos. Se mueve y susurra:
«No me dejes…»
¿Se referirá a mí? No me conformo con acariciarla y beso su hombro derecho y luego el izquierdo. Su cuello, disfrutando de la paz que sólo ella sabe darme.
La rodeo por la cintura. Gime y suspira y, cuando estoy a punto de dormirme de nuevo, pese a que ya está amaneciendo, la puerta de mi habitación se abre de golpe.
—Matt, Alicia quiere... Oh... —Al incorporarme bruscamente, veo que Roxanne, mi hermana, nos mira horrorizada. Alicia entra detrás de ella.
Se las ve perplejas y ofendidas, pero ninguna dice una sola palabra. Me levanto rápidamente, tapo a Gisele con las sábanas de seda y corro a ponerme el pantalón del pijama.
—¿No sabéis llamar? —pregunto en susurros—. ¿Qué coño hacéis aquí?
—¡Ésa es la perra! —grita Alicia furiosa—. ¿¡Matt, cómo has podido!?
Mi mirada se vuelve hacia Gisele, está tan cansada que ni los gritos la afectan.
—Fuera las dos de aquí —les espeto enfadado—. La vais a despertar.
—Matt... —Roxanne se calla de nuevo.
—He dicho fuera las dos, esperadme en mi despacho. —No se mueven—. ¿Estáis sordas?
No quiero que se despierte y os encuentre aquí, idos.
—Pero ¡Matt! —insiste Alicia y esta vez sí sobresalta a Gisele.
Furioso, me acerco a ellas y las empujo fuera de la habitación con brusquedad. La rabia me domina ante mi impotencia.
—Al despacho, ahora. —Y les cierro la puerta en las narices.
Frustrado y rabioso, me acerco a Gisele y la miro dormir. ¿Qué le diré de todo esto?
¿Cómo se sentiría si supiese lo que acaba de ocurrir? 
Estoy hecho un lío, no sé cómo actuar con ella. Por una parte, temo hacerle daño, por lo que, para evitarlo preferiría no decirle la verdad, pero tampoco puedo mentirle… Una vez más, ¿qué debo hacer? ¡No puedo con esta indecisión!
Roxanne y Alicia me esperan abajo, pero ¿quién tiene ganas de bajar, teniendo a esta hermosura en mi cama? Tan sexy, provocativa... dulce. Pero para protegerla y que esas dos no monten un escándalo, tengo que hablar con ellas. 
Me inclino y le beso el cabello. Huele tan bien, está tan preciosa cubierta con mis sábanas, impregnadas del olor a sexo que hemos compartido durante horas… Quiero quedarme y que al abrir los ojos se encuentre conmigo. Pero maldita sea, he de bajar. 
Dejando un reguero de besos sobre sus hombros desnudos y sintiéndome el hombre más miserable de la tierra por dejarla sola después de la noche que hemos vivido, la arropo de nuevo y me preparo para la batalla. 

Roxanne y Alicia me esperan con cara de asco. Lo ignoro y las invito a pasar a mi despacho. Mi relación con mi hermana no pasa por su mejor momento.
La guerra va a empezar.
—¿Qué coño hacíais en mi habitación?
Roxanne está atónita por mi mal genio con ella, pero Alicia se adelanta y dice:
—Matt, ayer me pasé todo el puto día llamándote, pero como no contestas, he decidido venir temprano a verte aquí, ¿y qué me encuentro? —Río irónico, ella dando clases de moralidad, cuando no sabe quién es el padre de su hijo—. Ya veo que todo esto te divierte, ¡pues a mí no! Me debes una explicación.
—Alicia… —le advierto secamente.
Roxanne y ella son buenas amigas y no quiero enfrentarme a la perra que quizá sea la madre de mi hijo. Tal vez no debería intentar salvaguardar su reputación, pero tengo que evitarle cualquier daño a ese niño… No quiero que pase por lo que yo pasé. 
—¡Matt, por Dios, es normal que te pida una explicación! —reacciona por fin Roxanne—. ¿Te has vuelto loco? Alicia está esperando un hijo tuyo, es tu novia, y tú estabas con esa chica en la cama... —susurra como en estado de shock. 
—Roxanne, no deberías meterte en este asunto. Además, debes saber que Alicia y yo ya no estamos juntos, es decir, que con mi vida puedo hacer lo que me dé la gana.
—Sólo quiero saber una cosa, Matt, y me marcharé —responde mi hermana. Yo afirmo tenso con la cabeza—. ¿Qué significa Gisele para ti?
Suspiro hondo. ¿Qué significa Gisele para mí? No hay una respuesta a esa pregunta, porque ni yo mismo lo sé aún... Me cuesta respirar cuando ella no está a mi lado, me siento triste, vacío... diferente. Y eso significa…
—Oh, Dios mío... —jadea Roxanne, mirándome horrorizada. ¿Qué le pasa?—. Será mejor que me vaya ahora. Esto no puede estar pasando.
La veo marcharse y no entiendo nada. Nunca podré olvidar esa mirada. Se va tan espantada que me asusta. ¿Qué mierda le ha pasado? ¿Qué ha visto?
—Alicia, creo que será mejor que tú también te marches. —Se aproxima a mí con paso tan airado, que la falda de su vestido verde se balancea—. No te me acerques.
—¿Crees que me puedes dejar por esa perra? —Rujo en mi fuero interno—. ¿A cuántos más se ha tirado para conseguir un empleo?
Por un momento, odio a la mujer que un día no tan lejano formó parte de mi vida. El puño me arde. ¡Dios, si pudiera…! Pero la imagen de Karen viene a mi mente… y no, yo no soy así.
—¡Fuera! —grito casi zarandeándola—. ¡No te atrevas a hablar así de ella! ¡Gisele es mil veces más mujer que tú! ¡Es pura, honesta, sensible y cariñosa! ¡Todas las virtudes que tú jamás poseerás!
¡No puedo más!

Gisele me encuentra en mi despacho, donde me consuela, pese a que la he dejado sola en la fiesta que han organizado mis padres. Ve la lucha que estoy librando, se preocupa... Estoy agobiado, sobre todo porque no puedo quedarme aquí encerrado eternamente, pero no me siento cómodo con tanta gente. 
Al final acabamos discutiendo, como tantas otras veces. Gisele me necesita, me lo dice, lo veo. 
Yo me encierro en mí mismo, hasta que la veo llorar en otro momento, después de haber acercado posturas. Para colmo, estamos en otra de las dichosas fiestas de mis padres. Sé que se ha enfrentado con Alicia, pero no sé de qué modo o qué se han dicho.
—Escúchame, no quiero verte así —le digo angustiado—. Quiero que salgas ahí fuera y demuestres tu fortaleza. Si alguien, sea Alicia, mi hermana o quien sea, trata de herirte de nuevo, te juro que lo echaré de la maldita fiesta. ¿Está claro?
—¿Por qué harías eso por mí?
—Porque me importas, porque me estás pidiendo algo y yo te lo estoy dando, ¿no te basta?

Cuando termina la fiesta, salgo a despedir a Denis, mi socio, y al entrar no veo a Dylan, el cerdo que lleva molestando a Gisele toda la noche.
—¿¡Dónde está Dylan!? —les pregunto a William y a Karen, con la bilis quemándome la garganta.
—Hijo, tranquilo. ¿Qué ocurre? —William se alarma.
—¿¡Dónde está!?
Karen me mira asustada.
—Se acaba de ir por la puerta trasera, dice que tiene el coche aparcado ahí detrás.
—¡Mierda! 
Corro aterrorizado y, aunque mis padres me llaman, yo no les hago caso. Si ese cerdo se atreve a tocarla, será hombre muerto.
—¡Matt! —El grito de terror de Gisele se clava en mi alma—. ¡¡Matt!!
Al llegar al lugar de donde proviene la voz, el demonio se apodera de mí. Gisele corre alejándose de Dylan, pero él la alcanza y la sujeta del pelo, tirando de ella, arrastrándola.
—¡No la toques! —grito, haciendo que la suelte y dándole un puñetazo—. ¡Miserable, voy a matarte por ponerle las manos encima!
No me controlo y lo golpeo furioso. El tiempo se detiene mientras yo me ensaño con él.
—Matt, ayúdame —suplica Gisele desde el suelo—. Déjalo, por favor…
Le doy a Dylan una patada en el vientre y no puedo seguir porque mis padres me apartan de él.
—¡Márchate, bastardo, y no vuelvas o juro que te mataré! —bramo—. ¡No te quiero cerca de ella!
Me arrodillo y la estrecho en mis brazos. Tiene la camisa rota. El muy cerdo quería... Le beso la frente y la abrazo contra mi pecho. Tiemblo tanto como ella, que tiene la cara bañada en lágrimas. 
—¿Qué le ha hecho? ¡Maldito, ¿qué le has hecho…?! ¿Gisele?
—Matt —llora ella, cuando la levanto en brazos—. Creía que…
—Estoy aquí, chis, estoy aquí. ¿La ha…?
—No… —susurra con un hilo de voz—, no ha pasado nada…
Me siento morir. Si no hubiese llegado a tiempo… ahora estaría…
—Se pondrá bien, tranquila.
Solloza contra mi pecho.
—¡¡Karen, por favor trae todo lo necesario, hay que curarla!! —Corro a mi habitación y la dejo sobre mi cama—. ¿Gisele, me oye?
No responde, los párpados se le cierran. ¡No!
—¡Gisele!
La zarandeo suavemente, compungido… y entonces, sin poderlo evitar, lloro contra su vientre, notando el sabor amargo de las lágrimas en la garganta.
¿Qué es esto tan fuerte que se agita dentro de mí? ¿Es amor? ¿Yo puedo experimentar ese sentimiento? ¿Yo sabré amarla como se merece?
¡No! No quiero, amar no es bueno. Es malo, destructivo, te vuelve vulnerable. Y yo no lo haré.

8. 
Se me parte el alma al verla mal. Hubiese preferido mil veces estar yo en su lugar y ahorrarle este sufrimiento. Estoy cansado, pero mi prioridad es cuidarla. ¿Sabré hacerlo?
En cuanto venga su hermano Scott se opondrá a que se quede en mi cuarto, y Roxanne también. Pero mis sentimientos por Gisele pueden más. Me enfrentaré a quien sea.
Cuando abre los ojos y me mira, respiro aliviado.
—Hola —susurra con una sonrisa.
—Gisele. —Me apoyo en su frente—. Al fin se ha despertado. ¿Cómo se siente?
El dolor se refleja en su pálido rostro.
—Estoy bien, usted tiene magulladuras en los puños.
—Estaba tan preocupado. —Busco su mirada, ignorando sus palabras—. Si le hubiese sucedido algo, yo...
—Estoy bien y todo es gracias a usted. Lo llamé porque sabía que me buscaría, que no me dejaría en manos de ese salvaje.
Nunca.
No escucho sus súplicas cuando me pide que la traslade a su habitación para cuando vengan a verla su hermano y su amiga Noa. No puedo permitir que me abandone.
Cuando ellos llegan, preocupados, se acercan a Gisele, la abrazan y besan, y luego estalla todo.
—¿Por qué no estás en tu habitación? —pregunta Scott, traspasándola con la mirada—. ¿Qué haces aquí?
—Yo la voy a cuidar hasta que esté recuperada —intervengo—, estará bien.
—Gracias, Campbell, pero desde hoy la cuidaré yo.
—Gisele no se va de aquí —sentencio y me siento, un poco alejado de la cama, para no perderlos de vista. Su amiga, y también empleada de esta casa, está atónita.
—¿Cómo dices? —pregunta él.
—Scott —tercia Gisele, suplicante—, aquí estoy bien.
Se la ve aterrorizada. Sé que tiene miedo de defraudar a su hermano, y yo de que me deje en los próximos minutos. Anoche fue una de las peores que he pasado, viéndola inmóvil en la cama, con su alegría apagada.
—¿Te has vuelto loca? —pregunta Scott—. Es tu jefe y, por lo que sé, tiene novia y va a ser padre. ¿Qué coño pintas tú aquí?
¡Maldito! ¿Gisele va a llorar?
—Scott, sé lo que hago.
No, no va a llorar. Es valiente. Me deslumbra. 
—Gis —dice Noa—, hay sitio en mi casa, vente conmigo.
Miro a Gisele de reojo, y ella a mí. Trago saliva, frenético. Pensar que se pueda ir me altera. «Por favor», le suplico con la mirada.
—Gisele Stone. —La voz de Scott truena en la habitación, estupefacto, escandalizado—. ¿Qué significa esto? ¿Estás con él?
Los ojos de ella brillan angustiados. Si su hermano la hace llorar, terminaré golpeándolo.
La impotencia que siento me apabulla. ¿No entienden que está mal? Mis padres no se entrometen, que no lo hagan ellos tampoco. 
—Dime que no le has tocado un pelo —brama en ese momento Scott. Me levanto para encararme con él—. ¿Has tocado a mi pequeña Gisele? 
—Ya has oído a tu hermana, aquí está bien.
—¿¡La has tocado!?
 «Calma», me digo, intentando por ella que no nos enfrentemos.
—¡Maldito seáis todos los Campbell! —escupe él—. ¿Qué le has hecho?
—¡Scott! —grita Gisele. Su valentía me impresiona—. ¡Se acabó, no quiero peleas!
Sin importarme quién esté delante, voy hacia la cama y me siento a su lado. La acaricio con suavidad.
—Tranquila, Gisele. No pasa nada. Tranquila. —Se calla, alarmándome. ¿Está pensando en marcharse?—. ¿Quiere irse? —pregunto.
—¿Quiere que me vaya? —susurra ella.
¡No! ¿No lo ve en mis ojos? ¿En el temblor de mis manos?
—No, pero no me puedo negar al verla…
—¿Al verme cómo?
Estoy dolido, asustado. La situación se me escapa de las manos. Gisele espera mi respuesta y yo no sé qué decirle. ¿Me suplica… qué? Creo leer en su mirada la necesidad que tiene de mí, ¿o acaso es miedo? 
—Gisele… dígalo, no pasa nada —me rindo—. Elija lo que desee.
—Vamos, pequeña —interviene Scott, mientras Noa se mantiene al margen—. Los días de reposo los pasarás en casa, luego te reincorporarás de nuevo... o no, ya lo hablaremos.
¿Dónde están tus cosas?
—Scott…
—Gis, por favor. Entiendo que te deslumbren ciertas cosas, pero no es el hombre que había esperado para ti. Hazme caso, sé de qué hablo.
—Deja que sea tu hermana quien decida, yo no le haría ningún daño.
Ella me mira y yo le suplico en silencio de nuevo, apretando la mandíbula. Intento decirle sin palabras que si se marcha no estaré bien y sé que ella tampoco.
Veo que ya me echa de menos sin haberse ido. ¡Maldita sea! Y yo a ella.
—Scott, Noa... —susurra y yo tengo que contenerme para no gritar de alegría. No me va a dejar, aunque tiene miedo… Yo también, mucho—. Me quedo aquí. Él se ha ocupado de mí desde que pasó esto, estoy bien. 
Se queda conmigo...

Días, horas, minutos… Esta semana con Gisele Stone me da vida. La paso cuidándola, pendiente de ella en todo momento, incluso dejando mi trabajo. Me siento en la gloria hasta que en medio de una discusión, ella dice las palabras que no esperaba oír. 
—Tal vez me equivoque y me vaya de aquí rota en mil pedazos, pero quiero que sepas que te amo y que voy a luchar por ti hasta que me lo permitas... Lo amo, mi señor Campbell.
Me quedo atónito y a la vez me siento vulnerable, esto no puede estar sucediendo.
—Matt —susurra ella, al ver que no digo nada. Cuando me toca, me alejo. Tengo tanto miedo—. No hagas esto, por favor, no lo hagas.
—¿Que no haga qué? —mascullo.
—Alejarte así de mí, no lo hagas, por favor. —Se me acerca desnuda. Pese a lo delicado de la situación, me excita—. Sé que al decirte esto me arriesgaba a perderte para siempre, pero me es imposible soportarlo más... Te amo, Campbell, sé que es una locura, yo misma estoy asombrada. Tu misterio, tu forma de querer dominarme me hacían buscarte, necesitarte y, sorprendiéndome, he llegado a amarte.
Estoy confuso. ¿Cómo puede amarme? ¡¿Cómo ha permitido que esto suceda?! Lo nuestro no puede ser. ¡Me abandonará cuando descubra que…! ¡No!
—No podía dejarlo así, tenía… necesitaba intentarlo.
—Gisele…
No puedo hablar, lo que la une a mí es mucho más que sexo. ¿Y yo? Si le permito entrar en mi corazón, ¿cómo haré para soportarlo cuando me deje?
—¿Te vas a quedar callado? ¿No piensas decir nada? —me espeta, zarandeándome—: ¡Dime algo! Que me vaya, que soy una imbécil por dejarme llevar, pero no seas cobarde.
Cojo aire, me falta el aliento desde que ha reconocido sus sentimientos.
—¿Qué quiere que le diga? —respondo frustrado por que me ha puesto contra las cuerdas—. ¿Qué espera que le diga?
—Algo, cualquier cosa. Di lo que piensas, pero no te calles.
Camino arriba y abajo de la habitación. Desearía tanto ser capaz de… ¡No!
—¡Pienso que esto es una maldita locura! —suelto exasperado y luego me callo. Pero ella no tiene suficiente y se coloca frente a mí, desafiándome, apretando su cuerpo contra el mío.
Ahogo un gemido. ¿Qué mierda se ha creído?—. Gisele, ¡está loca! Usted no tiene ni idea de lo que dice. Sabe que yo no soy un hombre que merezca su amor. Ya me va conociendo lo suficiente como para entenderlo. ¡¿Por qué me dice esto?! ¡¿Sabe lo mucho que me tortura?!
—¡Eres un imbécil! —grita furiosa—. Te acabo de decir que te amo ¿y qué mierda me dices tú? ¡Que te torturo! ¿Y yo? ¿¡Yo qué!? Cada maldito día muero cuando me tocas, cuando te siento conmigo. ¡Cada día muero al saber que me voy a ir! Que te voy a dejar de ver... No puedo soportarlo. ¡Me duele!
¡También lo siento yo! Se está rompiendo por mi culpa y musito:
—Sabe que no estoy preparado para esto.
—¿Te estoy pidiendo algo? ¿Alguna vez lo he hecho? —Se seca de un manotazo las lágrimas que yo intento enjugar—. Nunca te he pedido que me ames…
—¿Adónde va?
—A mi casa. Tu madre me ha dicho que me reincorpore el lunes, como bien sabes. —Me está dejando, destruyéndome—. Aquí ya no tengo nada que hacer. No me ata nadie, únicamente el trabajo. 
—Gisele, ¿qué me está diciendo?
—¡Que me voy!
Me niego y en un segundo le sujeto el mentón con brusquedad. No soy consciente de si la he lastimado, porque estoy aterrorizado.
—¿Se va? ¿Me está dejando?
—Pero ¡¿qué más quieres?!
—¿¡Me deja!?
Se quiere librar de mí, pero yo no se lo permito. Furioso, la acorralo contra la pared. Nos miramos y siento que me pierdo, no sé qué me hace. Sus ojos esperan, ¿qué? Yo no voy a decir algo que no siento. Porque no lo siento, ¿o sí? ¡Claro que no! La deseo tanto que muero por fundirme con ella, por enterrarme en su cuerpo hasta que me duela, pero eso no es amor. 
—¿Qué estás haciendo, Campbell?
—No se va. —Niego vehemente—. ¡No se va!
—¿Qué pretendes ahora? ¿¡Qué!?
Estamos discutiendo desnudos, hambrientos el uno del otro, pero también confusos.
«Déjala marchar», me digo. Y, aunque indeciso, confieso finalmente:
—No quiero perderla. No ahora.
—No ahora —repite, enloqueciéndome—. ¿Y el día que me tenga que ir sí me dejarás marchar?
¡Joder!
—Siempre me está llevando al límite, no se conforma con nada, tiene que estar hurgando en las heridas. —La aprieto, quiero estrujar cada centímetro de su cuerpo—. Déjelo estar, ¿quiere? Cuando ese día llegue, ya hablaremos. 
—¿Qué significa eso?
—¡Maldita sea! ¿No se cansa de retarme? —Se ríe, alterándome—. ¿Qué le hace gracia? ¿Le gusta volverme loco?
—No me has respondido.
Fatigado de esta lucha, la levanto del suelo y la embisto con una vertiginosa acometida. Gemimos. Cuando estamos cerca el uno del otro, no sabemos controlarnos.
—¿Qué me haces, Campbell? —musita ella.
¡¿Yo?!
—¿Qué le hago? —Arremeto con fuerza—. ¿¡Qué!?
—No me voy a rendir —dice jadeante—. No lo haré. Serás mío.
Ella se traga su orgullo, me dice que me ama… ¿y qué hago yo? Tomarla como un animal. ¿Cómo puedo ser tan insensible? No es para mí, no la merezco.
—Gisele —digo al terminar, dejándola en el suelo—. ¿Qué clase de monstruo soy?
—¿Qué dices? —se alarma—. No, Matt…
—Márchate —le pido, sentándome en la cama, hecho un mar de dudas—. Nunca podré darte lo que necesitas.
La he tuteado sin darme cuenta. Gisele forma parte de mí. Hace mucho que dejé de considerarla como la chica de servicio.
—Escúchame…
—Váyase, Gisele. —No puedo mirarla o me arrodillaré ante ella y le entregaré mi alma. Me da miedo lo que hace que florezca en mí—. Me voy de viaje. No estaré aquí el lunes cuando vuelva. Es lo mejor, créame, lo es. 
—Entiendo. Soy muy… Soy demasiado poco para ti —termina en un susurro.
«No. Yo soy el que no vale nada.» 

9. 
Diego Ruiz, uno de los clientes de la agencia, me llama diciendo que quiere a Gisele para otro reportaje. Pero yo le digo que no está disponible y decido ocultárselo a ella.
     ¿Dónde estará? ¿Adónde habrá ido? Estoy desesperado, no me contesta los mensajes, no me coge el teléfono. Su amiga Noa me dice que ha llorado, que está destrozada. Por mi culpa.
     ¿Qué puedo hacer? Tengo que disculparme. Voy a buscarla a casa de Noa, donde ésta me ha dicho que está. La encuentro en una de las habitaciones, dormida con los auriculares puestos, y la zarandeo suavemente para despertarla.
—Gisele, ¿dónde diablos ha estado? —pregunto nervioso—. La he buscado en casa de su hermano, en su habitación. He ido donde cenamos la otra noche. He entrado aquí pensando que no había nadie. ¿No lleva su teléfono móvil?
—H-He tenido cosas que hacer. —Me mira confusa—. ¿Cómo has entrado? ¿Qué haces aquí?
—Su amiga me ha dado la llave. Me tenía preocupado. —Me acerco a ella y me siento en la cama. Cuando le acaricio la mejilla la noto temblar—. Gisele, algo dentro de mí me empuja hacia usted una y otra vez... Intento evitarlo, pero no puedo. Míreme, otra vez a su lado cuando le prometí que no volvería a verla.
—¿Por qué? —replica ella—. Dime por qué. Necesito entender por qué me dejas y luego me buscas. No me gusta ser la muñeca de nadie.
Y no lo es.
—No lo sé, no lo sé... Estoy muy confuso, Gisele —digo, mirándola a los ojos—. Estoy  asustado por lo que provoca en mí, ¿no lo ve? Me ha confesado algo tan grande como… —No soy capaz de decir la palabra—, ¿y qué hago yo? La empotro contra la pared para embestirla hasta quedarme satisfecho, sin importarme la profundidad de su declaración. 
Gisele se abalanza sobre mí y yo la beso desesperado. Terminamos en el suelo, abrazados el uno al otro, amándonos sin control.
La pruebo.
La lamo con la pérdida de control tras no encontrarla. Succiono su clítoris, perdiéndome en su suavidad. La humedad la rodea y la extiendo. Soy voraz, impaciente al ver cómo se arquea.
—Deliciosa, exquisita. Ha sido una semana dura, donde he querido tomarla de mil maneras.
—Hágalo hoy —gimotea—. Así… más.
Beso, chupo y succiono. Ella está sollozando y me encanta, no puedo dejar de resbalar mi lengua, estoy excitado y con una erección que puede romper el pantalón. Hasta que saboreo y me bebo el sabor de su orgasmo.
—Matt... —jadea y jadea. Retorciéndose mientras yo no cedo hasta que no queda nada de su sabor, me he impregnado de él. Me puede—. Es increíble…
—Tóqueme —pido posicionando su mano en mi hombría—. Usted es un pecado, su sabor es tan exquisito... mire cómo me tiene.

Quiero que me diga de nuevo que me ama. ¿Yo también siento lo mismo? No lo sé, pero tengo que descubrirlo.  Al acabar nos tumbamos en la cama y allí nos quedamos, acariciándonos, charlando como amigos. 
—Quiero que entienda que no sólo la busco para tener sexo —le digo—. Me gusta estar con usted, me hace bien su compañía, me calma...  
—¿Qué planes tienes para más tarde y para mañana? —me pregunta, levantando la vista.
—¿Planes? —repito confuso, suspirando—. Pensaba quedarme aquí con usted esta noche y que mañana pasáramos el día juntos. ¿No quiere?
—Bueno, hay varios problemas —dice, acariciándome la barbilla—: El primero, tengo que saber si Scott va a aparecer por aquí para ver a Noa... No es prudente que mi hermano te encuentre en mi cama.
—Bien, en ese caso nos iremos a un hotel, pero hoy pasa usted la noche conmigo —sentencio con firmeza—. Diga el otro problema.
Titubea y parece preocupada.
—Mañana he quedado con mis amigos para ir a la playa. Emma, su novio y... Thomas.
—¿Una pareja, Thomas y usted? ¿Dos parejas? Cuénteme eso.
—Al parecer, Emma se ha echado novio y lo va a llevar a la playa. Y Thomas ya sabes que es mi amigo y que con él no hay malos entendidos.
—Por supuesto. Entonces, ¿no quiere pasar mañana el día conmigo?
—Campbell, quiero pasar contigo todos los días de mi vida, creo que eso ya ha quedado claro, pero tú…
—Gisele, basta.
—No me rechaces. ¿Eso es lo que tú me pides a mí, no?
Finalmente, salimos con sus amigos y el maldito Thomas, y yo confirmo mis temores. Thomas la mira de una forma que me desgarra. Su mirada es profunda, sincera y llena de amor... Su mejor amigo está enamorado de Gisele Stone. Y me doy cuenta de que yo la miro igual que él, con el mismo sentimiento. No lo reconoceré ante ella, pero acabo de darme cuenta de que la amo. 
Y es duro saberlo, la tengo clavada en mi pecho.     
Hoy sé que no podré vivir sin ella, tendré que asimilarlo y buscar el cómo explicarle este amor que le tengo… ¿Tendré que dejarla ir, o arriesgarme? Me hace olvidar, disfruto de su alegría, me la contagia, aunque no lo muestro.
¿Cómo comportarme desde hoy? No quiero defraudarla.
—Estoy perdido —hablo para mí mismo, pero Gisele me ha visto. ¿Lo ha entendido? Me duele que me haya sucedido esto, pero la amo y mi obsesión por perderla, nos perjudica.

 Al final, el día de asueto acaba siendo un desastre. No soporto las atenciones de Thomas hacia Gisele, que ahora ya sé que no son las de la simple amistad. Me acerco a él y le exijo que se aparte de ella, que la deje en paz. De las palabras pasamos a los hechos y acabamos a puñetazos en medio de la playa, mientras la gente intenta separarnos y Gisele recoge sus cosas y huye de mí.
Pero cómo no, me perdona y al día siguiente antes de despedirnos para volver a la rutina, me da miedo que se dé cuenta realmente de quién es Matt Campbell, de la secreta enfermedad que acarreo. Aunque de momento, puedo seguir callándolo.
Gisele asegura que no debo preocuparme por nada y en la oficina no dejo de pensar en ella. ¿Todo está bien?

No quiero creerlo. ¡Me niego a aceptar que me esté abandonando! ¡Me lo juró! Me juró que se quedaría a mi lado, mientras me susurraba cuánto me amaba.
—¿Adónde? —le pregunto alterado a Noa.
—Ya se lo he dicho, a casa de Scott para preparar su equipaje. —Me estremezco aterrorizado—. Se va para no volver —añade ella.
—No, no puede ser, no me ha dicho nada. No se puede ir así.
—Tal vez piense que no la toma en serio. O que no la quiere, no lo sé. —Se encoge de hombros—. La cuestión es que la pierde, Matt.
Me meso los cabellos con desesperación.
—¿¡Cuánto hace que se ha ido!?
—Un buen rato.
¿¡Se está riendo en mi puta cara!? Sin mirarla, salgo corriendo hacia mi coche. No arranca o soy yo que estoy demasiado nervioso. 
Cuando lo consigo, parto con el corazón a punto de salírseme del pecho. No puedo perderla, no ahora, cuando sé lo que siento por ella. Verla con Thomas me abrió los ojos. 
Pero ¡se ha ido! ¿Qué voy a hacer si la pierdo? Me volveré loco, no puede sucederme esto.
¿Y si la encuentro y no quiere verme? Estoy hecho un lío. 
Recorro la carretera a toda velocidad, muerto de miedo. Mi mundo se viene abajo sin su calor, sin su alegría… ¡Es mi vida! ¡No puede dejarme! 
Al llegar y aparcar, recupero un poco el aliento. Gisele está delante de la casa, sin verme, caminando distraída mientras mira el móvil. De repente, levanta la vista y se encuentra conmigo. Se detiene… ¿Va a correr en dirección contraria? Me importa una mierda, no la dejaré marchar. 
Desesperado, aligero el paso hacia ella y la estrecho con fuerza contra mi pecho. Necesito sentirla, comprobar que es real. Mi Gisele. 
—Gisele, estás aquí —suspiro agobiado—. Me tenías al borde del infarto. Has debido decirme que te ibas... Me hiciste una promesa y ya la has roto —la tuteo.
Parece desconcertada.
—No entiendo nada —musita temblorosa—. ¿Qué ocurre?
«¡Que me vas a dejar, maldita sea!»
—Matt, ¿qué pasa? —Forcejeando, se aparta y me mira a los ojos, sé que la decepción se refleja en ellos. Me escuecen—. ¿Estás… llorando?
—¡Yo no lloro!
—¡Pues dime algo!
—Te has ido sin avisarme. ¡Pese a tus promesas! —Le sujeto la cara entre las manos, aterrorizado—. ¿¡Por qué lo has hecho!?
Me siento cada vez más descontrolado. Quiero romper cada maldito objeto que hay a mi alcance.
—Tenía algo de tiempo libre y no he querido molestarte —responde ella—. No te estoy abandonando.
—Gisele, sé que a veces soy algo brusco, que no eres capaz de entenderme, porque ni yo mismo lo hago, pero prometiste que no me dejarías.
Niega de nuevo, acariciándome la mejilla.
—Por favor, no lo hagas —insisto—, ¡me lo prometiste!
—Yo no te iba a...
Sus labios tiemblan y la acallo al apoderarme de ellos, mientras la arrincono contra la puerta.
Gisele se aferra a mi cuerpo y yo la toco, la beso. Tiene que entender que es mía, que nadie la querrá como yo. Recorro con mi lengua cada rincón de su boca, exigiendo que se entregue como yo lo hago. 
—Matt —jadea—, entremos… por favor.
Al cruzarse nuestras miradas, no sé qué ve en la mía que sus hombros se hunden. Tiene miedo, ¿se rinde? Maldita sea, va a decir algo, pero yo me adelanto:
—Sé que me amas, pero también entiendo tu miedo respecto a mi forma de ser. Gisele, aunque no sepa expresar mis sentimientos por ti, los tengo y no estoy preparado para ellos.
—Aprieto los dientes, su precioso rostro me contempla, atento y temeroso—. No estoy preparado para muchas cosas, pero si tú te vas, me hundo en el precipicio.
»Contigo todo es diferente. Tú me comprendes, sabes tratarme. Por favor, no te vayas. Quiero intentarlo. Te quiero, Gisele.
No hay reacción por su parte, se limita a mirarme en silencio Ya se lo he dicho, ¿tan claro tiene que quiere irse que no le importa mi declaración? Tiene lágrimas en los ojos. 
—Matt, ¿qué has… dicho?
¡Joder!
—Gisele, ya lo has oído —susurro agobiado, sintiéndome perdido—. Te odio por hacerme sentir esto. —Le seco las lágrimas—. Es la verdad. No sé en qué momento ha sucedido, pero ya no puedo estar sin ti, no sé estarlo...
Está temblando y no me habla.
—Gisele, quiero que te quedes conmigo —insisto, sujetando su rostro—, te necesito a mi lado.
—Estoy aquí —responde y se arroja a mi cuello, abrazándome tan desesperada que por fin me relajo. ¿Por qué entonces había pensado dejarme?—. Y tú estás siempre conmigo, lo sabes… 
—Hoy no lo tengo claro. —La abrazo—. Gisele, ¿qué está pasando?
—No lo sé —balbucea contra mi pecho—, pero vas a acabar conmigo.
—Tú ya lo has hecho conmigo. —La beso con suavidad—. No quiero perderte —digo casi sin voz—. No te vayas, por favor.
—¿P-Por qué repites esto? ¿Por qué crees que me voy a ir?
—¡Te he llamado más de cuarenta veces desde la oficina sin obtener respuesta!
—Te hice una promesa, Matt.
—Lo sé, pero cuando he ido a buscarte a casa, me he encontrado con Noa. —Me aparto un poco y la miro—. Me ha dicho que te vas para siempre. Que vuelves con tus padres. No podía creerlo, ¿¡cómo me vas a dejar así!?
Se sobresalta.
—Lo que te ha dicho Noa no es verdad...
—¿Qué quieres decir?
 —He ido al centro comercial y al salir le he dicho a Noa que si preguntabas por mí te dijera que estaba de compras. No he querido llamar a la oficina para no molestarte... No sé de qué me hablas. —La escruto lleno de dudas. ¿He de creerla?—. Matt, no me voy a ninguna parte. ¿Estás seguro que ella te ha dicho eso exactamente? 
—Entonces, ¿no te vas?
Niega y yo maldigo a su amiga, que me ha hecho pasar por esto.
—¿Por qué Noa me ha mentido?
—No lo sé. No lo sé.
—No le gusto para ti —reconozco con pesar—. Tampoco a tu hermano.
Se encoge de hombros con tristeza y luego me besa.
—No me importa nadie —me asegura entre beso y beso—. Sólo tú y yo, sólo tú.
Un ronco gemido brota de mi boca, perdiéndose en la profundidad de la suya. Es lo que necesitaba oír… Y la reclamo, saboreándola con deleite, sin piedad, porque esta mujer me pertenece. Es el fuego que me quema y por ella ardería en el mismo infierno. 
—Te amo, Campbell —musita y me sonríe—. No puedo creer que tú también sientas lo mismo.
—Yo tampoco —confieso amargamente—. Pero ya no hay vuelta atrás.
—No quiero que la haya —dice ella—. Sé que es complicado para ti, pero nos irá bien.
—Lo sé…
—¿Lo sabes? —solloza.
—Sí, Gisele, lo sé y voy a cuidar de ti. 

10. 
Diego Ruiz sigue insistiendo para que Gisele pose para su campaña y yo se lo sigo ocultando a ella. Otro secreto más. ¿Hasta cuándo?
Aun así, empiezo a ser feliz. Por las mañanas, mi mundo tiene otro color y se lo demuestro a Gisele a cada instante. Ayer la llevé a conocer mi refugio, la casa que estoy edificando y que hoy sé que será la nuestra. 
Hoy en la oficina, no me va mal. Aunque  me agobia estar aquí. Todo está tranquilo, hasta que Denis, mi socio, entra en mi despacho de la agencia.
—Van a sacar una nueva edición de la revista con la portada de La Chica de Servicio —me dice.
—¡¿Qué coño estás diciendo?!
—Me acaban de llamar para decírmelo. Necesito que avises a Gisele, dentro de tres días le mandarán el dinero que le corresponde por esta segunda edición.
Furioso, me vuelvo hacia la ventana. ¿Por qué mierda tiene que estar ocurriendo esto? Maldito el día en que le hice caso y dejé que Gisele posara para la maldita portada.
Denis me observa, atento a mi estado.
—Gracias Denis, avisaré a Gisele —digo, pero él no se mueve—. ¡¿Qué quieres?!
—Diego Ruiz. —La sola mención de su nombre me enfada—.Va a venir a España dentro de unos días y quiere que Gisele en persona le diga que no.
    Cuando llego a casa, Gisele me espera en mi habitación. Se ha puesto lencería transparente  para mí y acabamos haciendo el amor, entre bromas y desafíos. Adoro esa faceta suya y lo sabe.     
     —Ahora duerme, Gisele, y sueña conmigo, que yo también lo haré contigo.
—¿Seguro? —Se incorpora y me advierte, con un dedo admonitorio—. Espero que no me mientas y luego sueñes con hermosas modelos.
—Prefiero hacerlo contigo. Eres la tentación en persona —le respondo, inquieto por el comentario—. Eres mi descarada pervertida.
—Seré lo que tú quieras. 
   Horas más tarde, se agita en la cama con pesadillas. Yo la acaricio suavemente y la beso hasta calmarla. Estoy preocupado por mis mentiras, pero soy feliz con ella a mi lado. 

Finalmente, todo estalla. Gisele se entera de que le he ocultado el interés de Diego por ella y se encara conmigo muy enfadada.
—Esto no es querer… —dice con la voz rota—. Querer a alguien no es tomar decisiones  sin su consentimiento y a sus espaldas. No es mentir. Aunque no se acepte una situación, querer no es ocultar. 
—Gisele, ¿qué estás diciendo? Tú sabes que te quiero, ¡maldita sea!
—¿Estás arrepentido?
—¡Ya basta!
Se enfrenta a mí con la valentía de siempre.
—No lo estás, ¿verdad?
—No, Gisele, no lo estoy —confirmo, chasqueando la lengua—. ¿Y sabes por qué?
Porque eres demasiado importante en mi vida como para arriesgarme a perderte con un trabajo de esas características. Sé que eso es lo que sucedería. No pretendo perjudicarte con ello, al contrario, quiero protegerte y protegernos. 
—¿Eso es lo que te produce mi amor? —pregunta y yo me alarmo—. ¿Miedo e inquietudes? 
—No tienes ni idea. —Niego vehemente—. Hoy pensaba hablarte del maldito reportaje de La Chica de Servicio... Has tenido tanto éxito que se va a hacer una segunda edición de la revista. ¡No lo soporto, no quiero que vuelvas a hacerlo!
—¿Qué dices? —No se lo cree—. ¿Éxito?
—Maldigo el día en que dejé que posaras para mi proyecto, maldigo el momento en que te dije que sí, desesperado por volver a verte.
Veo cómo intenta controlar sus emociones, está alterada.
—Gisele, ¿vas a llorar? —Le tomo la cara entre las manos, temblando—.Te vas a marchar, ¿verdad?
—Matt…
—¡¿Por qué me haces esto?! —la interrumpo—. Apareces un buen día en mi casa desarmándome, cautivándome, y cuando consigues tenerme a tus pies, te vas a ir... ¡por un maldito reportaje! 
Siento como si un puñal se clavara en mi pecho.
—¡No empieces a divagar!
—Jamás debí confiar en ti, jamás debí dejarme llevar por tu cara de ángel. ¡Márchate si eso es lo que quieres!
Se aferra a mi pecho, pero yo hago que me suelte sin ninguna delicadeza y lanzo su libro, con el que está entusiasmada, contra la pared.
—Matt, ¡cálmate! —Miro por la ventana, sin ver nada y de nuevo se me abraza, esta vez desde atrás—. No me pienso marchar, deja de pensar que lo voy a hacer.
—Suéltame, no quiero tu maldita compasión. No pretendo amarrarte a mi lado por pena. Gisele, por favor, márchate si eso es lo que quieres.
—Matt, no es verdad, ¡no es lo que quiero! —Me vuelvo de cara a ella—. ¿No ves en mi mirada lo mucho que te quiero? —me pregunta—. Me duelen tus dudas. ¿No entiendes que lo nuestro es tan repentino como intenso y fuerte? 
—Gisele... —susurro—, quererte tanto me duele.
Por un momento se queda callada, pensativa. Sabe que me vuelve loco no saber qué piensa o qué siente.
—Sé que un día serás consciente de la carga que supongo para ti y te irás, lo sé —digo—. Lloras porque te duele ver que es verdad. Te entristece porque, aunque me amas, ese amor no es suficiente para soportar mi inestabilidad... Me asusta ver que no seré capaz de mantenerte a mi lado.
—Matt, escúchame, por favor —me pide, mirándome con tristeza. Me tira del brazo y nos sentamos en el sofá. Antes de hablar, me acaricia la mejilla—.Te encierras en tu mundo y te atormentas. La que se asusta soy yo de ver lo que hago contigo, cómo te descontrolas cuando no me dominas… Mírate, Matt, tus miedos aumentan los míos y ninguno de los dos disfrutamos de esto. Quererme te destruye. 
—No me abandones —le ruego—, sabes que te necesito a mi lado.
—No, Matt, ya no sé qué necesitas. —Solloza y yo la rodeo con los brazos, acercando mi boca a la suya. Necesito su aliento para mantenerme con vida—. Me desconciertas. Me acabas de decir que me marche y ahora que no lo haga. ¿Cómo sé cuándo hago bien?
—Siempre que no me dejes harás bien... No me escuches cuando te pida algo tan estúpido como que te vayas, sabes que no lo siento —susurro, frotando mi mejilla contra su palma—. Dime que te vas a quedar.
—No había pensado irme…
—Bésame y demuéstrame cuánto me quieres —le pido, bebiéndome sus suspiros—. Dime que me vas a querer siempre.
—Siempre —me promete—. Siempre, Matt.
Entrelaza los dedos tras mi nuca y me besa con ansia. Y a la vez con tanta ternura y suavidad que hace que me pierda. Adoro cada una de sus facetas, cuando se entrega salvaje en el sexo y cuando, como hoy, es delicada. 
—Así te quiero, Matt, incondicionalmente —declara, pegada a mi boca—. No lo dudes nunca. 
—Dime que harás lo que te pida por verme feliz.
—Sabes que sí —contesta insegura—. ¿Qué es lo que quieres de mí, Matt, qué?
«Lo quiero todo. Absolutamente todo.»
—No vuelvas a posar nunca más. Tengo dinero y puedes disponer del que necesites. No te va a faltar de nada, te lo prometo. 
—Matt, no me pidas esto. Si adaptarme a ti implica dejar de ser quien soy, eso no es lo que quiero —me explica—. Me encanta experimentar, en este tiempo has podido comprobarlo, y posar me gustó y me llenó. Tengo metas y me propongo cumplirlas, como he venido haciendo hasta ahora. Vine aquí para ganar el dinero que necesito para seguir estudiando. No es estabilidad económica lo que busco. 
—¡No estoy de acuerdo, no, Gisele!
—Recuerda que no te estoy pidiendo permiso —replica desafiándome, de pie frente a mí, con el mentón levantado y los brazos en jarras—. Matt, sé que nada es fácil y si tengo que estar en la redacción de un periódico de pueblo para hacer lo que me gusta, lo haré. Pero mi meta es llegar más alto y no lo voy a dejar aquí. No terminaré algo que aún no he empezado. 
—Gisele, sé que no te importa mi opinión, pero no quiero que lo hagas. Te suplico que no lo hagas.
—¡Eres tan egoísta! —responde, golpeándome el pecho—. ¡No me puedo creer que me estés pidiendo eso! ¡Ésta soy yo, Gisele Stone, y no me vas a manejar y cambiar a tu antojo!
—¿Vas a llorar? No llores, por favor, me parte el alma verte así. Gisele, perdóname. —Se abraza a mí—. Si quieres hacer esos reportajes, hazlos. Si eso es lo que has decidido, adelante.
—¿Estás dispuesto a ceder por mí...?
—Por ti haría cualquier cosa, no lo dudes. Gisele mírame, dime que me perdonas. Voy a perder la cabeza si no lo haces.
—No tengo nada que perdonarte. Matt, perdóname tú...
—¿Perdonarte, por qué? Gisele, ¿qué te tengo que perdonar?
—No haber sabido entenderte, calmarte. Siento todo el mal que te hago.
—No, no, no, cariño. No pienses eso, no pidas perdón por algo que no has hecho... Estoy  tan asustado, que hago y digo cosas horribles, pero no es tu culpa, sólo mía por no saber confiar en ti. Y lo mereces tanto.
—Te amo tanto, Matt, nunca olvides que eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

11.
La frialdad de la cama me hace despertarme. Gisele no está a mi lado, ¿he dormido unas horas? Increíble, pienso sonriendo. ¿Dónde está mi pequeña diabla? No me voy a alarmar, no hay por qué… Pero no la encuentro y al asomarme por mi ventana mi mundo se rompe en mil pedazos, está huyendo con una mochila en medio de la noche.
—¡Mía!
Al llegar abajo veo cómo se dejar caer de rodillas. ¿Está llorando? ¡Me está dejando! Me duele tanto que mi alarido de dolor detrás de ella en el jardín, no puede disimularlo.
—¡Gisele! —Se tensa—. ¡Gisele, ven por favor!
Agotada, me da la cara. Corro hacia ella, con la única prenda como el pantalón. El miedo a perderla no me ha permitido entretenerme. Nada tendrá sentido si cruza la puerta. 
—¿Esto es ser mía? —le reprocho asustado—. Confío en ti, pienso que soy un imbécil por haber pensado que me ibas a dejar y de­ cides marcharte en mitad de la noche... abandonarme. ¿Por qué, Gisele? ¿Por qué? ¡Me has hecho una promesa!
—¡Porque no soy buena para ti!
—¿Que no eres buena para mí? —repito alterado—. ¿De dónde diablos has sacado eso?
—¡De verte, Matt, mírame!
No entiende que es mi puta vida.
—Gisele, ¿eres consciente de cómo he creído morir al ver desde mi ventana que te ibas? ¡Estoy sangrando por dentro! Sé que no merezco que me quieras, pero que me abandones de esta manera...
—¡Lo sé, maldita sea! —Llora mucho, sé que defraudada. Sus ojos no mienten—. ¡No he sido yo, yo no me rindo!
Me duele tanto su traición.
—¿Me amas? —pregunto sin fuerzas. Mi madre me dejó una madrugada, como ella pretendía hacerlo—. ¿Gisele… me amas?
—Tanto que hasta me duele —declara tomando aire—. Si he pensado en irme no es porque no te ame... Es porque no quiero hacerte sufrir más. Sé que tú piensas que no eres bueno para mí, pero créeme, yo soy la que te perjudico.
—Te equivocas, ¡no lo haces!
—Precisamente porque te quiero he pensado en irme —mientras habla me zarandea, ¿¡qué pide!?—. Pero antes de hacerlo he comprendido que no puedo hacerlo, aunque te destroce, aunque me destroce... ¡Te amo, Matt, y también yo soy así de egoísta!
Ya no puedo creerla, me llena de las dudas que creí borradas.
—Pero lo has pensado, has estado a punto de hacerlo. ¡Maldita seas, Gisele, eres mía!
—Lo soy Matt, ¡nunca he dejado de serlo!
La aprieto entre mis brazos, sin gritos, agotados por esta relación que se complica más cada día. No hay rabia, hoy siento que es momento de abrir por completo mi corazón. No puedo pasar por una situación parecida y si es lo que necesita para atarse a mí… Lo haré. Me aparto y meso su rostro. Tierno, ella se relaja con el gesto.
—Gisele, ¿sabes lo mucho que te amo?
El color de su rostro, incluso en la oscuridad de la noche, varía. Empieza a temblar sin responderme, no sé si es un buen signo dado en el punto en que nos encontramos. Su respiración se altera, su rostro se contrae y sus ojos se inundan de nuevo. Si no me abraza y me dice que ella también a mí, voy a perder la cabeza.
—Nena, ¿qué te ocurre?
—¡Lo has dicho, Campbell! —masculla y golpea mi pecho—. Maldita sea, dímelo de nuevo.  ¡Ves, he estado a punto de irme y no quería!
—¡No me lo recuerdes…! ¡Te amo! Por Dios, Gisele, estoy arrepentido —imploro asustado—. ¿Cómo podría vivir sin la persona que más necesito? Lo que tenemos es especial, ¡eres mía, joder!
Desesperado al sentir que se me escapa de entre los dedos, la tumbo en el césped y la beso agonizando.
—Te ataré a mi cama, nena y jamás pensarás en dejarme. Te daré todo, lo prometo, no puedo creer que estés aquí —susurro, hambriento de ella… Pero no, no aquí—. No, no te reclamaré sin más en el sexo. Tú mereces que te haga el amor y, será en nuestra casa. Te vendrás a vivir conmigo pronto, lo sé.
No quiero ni parpadear. Temo. Sonrío sin ganas y la acaricio; está aquí.  
—¿Lo sientes, Gisele, sientes cuánto te quiero? 
Afirma y se curva. Me besa, me aprieta la cara. Sé que está arrepentida o es lo que quiero creer. Mal, nos levantamos y le imploro ayuda…
Cojo sus cosas y hablamos en la habitación.
Quiero que sea mi mujer. Ella se resiste… lo será.
¿A dormir? ¿¡Me dice que a dormir después de lo que mi mente tiene grabado!? ¡No puedo! Estoy lleno de angustia. La miro fijamente y atormentado, la saco de la cama y la pongo a mi altura. Su diminuto pijama le cuelga de la cintura… ¡Mía!
—¿Qué pasa, Matt?
—Que te amo Gisele, te amo. —Busco su mirada, creo conocerla y ambos pensamos en la huida de minutos atrás—. Gisele, no vuelvas a hacerlo, por favor.
—Perdóname —implora arrepentida—, me duele pensar en el daño que te he hecho al irme… ¡Pensé, idiotamente, que era lo mejor para ti, para que fueras feliz!
—¿¡Sin ti, Gisele, sin ti!? —La agito furioso—. ¿Sin la persona que tanto necesito a mi lado para poder respirar? ¡Explícamelo para que lo entienda!
—La presión Matt —susurra con calma. Sigue sorprendida y yo lastimado—. He dudado, no me preguntes cómo pero lo he hecho, dudé de tu amor. ¡Lo hice pese a sentirlo, aunque las palabras no salieran de tu boca! ¡Yo las sentía!
—¡Basta!
—¿Me perdonarás?
La ahogo con mi cuerpo, desesperado por tenerla para mí toda la maldita vida que me quede por delante. Hay miedo en ella, yo no controlo lo vulnerable que me ha hecho sentir. Sin orgullo, le respondo:
—Sabes que lo haré, Gisele. Sabes que haré cualquier cosa que me pidas y también sé que sabes por qué…
—¡No me lo recuerdes!
—¡Me dejabas, te ibas!
Llora. Me bebo sus lágrimas, la apremio. Hay ansiedad en nuestro beso.
—Gisele, estoy asustado —gimo contra sus labios.
—Lo siento tanto…
Y yo también… Por la furia que me desgasta, le hago caer al suelo. Estamos tan coléricos que no se siente la frialdad, necesito que me entregue todo de ella. Aquí y ahora… Mientras nos besamos, devoramos y luchamos por el poder del otro, las palabras y súplicas llenan el intenso momento:
—Tócame, Matt, por favor… Tócame.
—Mía, nena. No vuelvas a hacerlo, ¡no!
—No, no, no. Te amo… te amo.
Hay sollozos, arañazos y descontrol en nuestra unión. El desenfreno al enterrarme en su cavidad me colma, la amo, la quiero y medito si tras nuestros problemas, la oposición a nuestro alrededor de nuestros hermanos…  Sus padres que aún no saben nada, lejos, lo necesario es unirnos formalmente.
—Serás mía siempre —clamo hambriento de toda ella—. No dejaré que te vayas.
—No…
—Te estoy haciendo el amor… —susurro moviendo las caderas—, no te reclamo en el sexo sin más. ¿Lo sientes?
Hemos perdido, el amor nos ha acorralado y tenemos que enfrentarlo. ¿Desafiando al mundo? ¿Convirtiéndola en mi esposa? Es una locura.
—Sí… —Me muerde el labio—, lo siento.
Me adentro en su carne, disfrutando de la plenitud de Gisele Stone… La atropello en cada enérgica embestida, no hay marcha atrás. Hoy la marco como mía. Y por ello susurro entremedio de nuestra batalla:  
—Siéntelo, nena… conmigo, juntos. 
—Mírame. Aunque me sea difícil expresar mis sentimientos, te quiero. Sé que te puede asustar lo enfermizo que parece, obsesivo, posesivo mi amor por ti, pero te amo así y no puedo evitarlo.
—Siento haberte pedido cambios; es más, sé que no los harás y, aunque me desesperes muchas veces, tampoco yo quiero que cambies. Te necesito como eres, por ello me tienes a tus pies, jamás he conocido a alguien como tú.
No deja de llorar con cada sentida palabra, hasta que en medio de nuestra burbuja intensa y fogosa, consigue hablar:
—Te amo Matt y necesito que te controles, no quería irme.
Limpio sus lágrimas y la abrazo.
— Perdóname… Ayúdame, sólo no puedo.
Le pido, ¿pero la dejo hacerlo?

12.
La presento ante mi familia, no todos la reciben bien, Roxanne está en medio, pero ya nada me detiene. Quiero que deje de ser la chica de servicio, merece tener su lugar. Y en el desfile de mi hermana, todo se va a la mierda.
Gisele desaparece, no la encuentro e irrumpo en la sala donde Roxanne y Alicia están encerradas con otras muchas. Hasta aquí ha llegado su intromisión, ya me he peleado con Scott por mi relación con Gisele y lo haré con todo aquel que se interponga. Hoy más que nunca dudo de la paternidad… Ella está de tres meses, fue más de una vez. No hay dudas.
Furioso, encaro a mi hermana y a la víbora de Alicia.
—Más os vale que Gisele no se haya ido, ¡¿entendéis?! —Todas las presentes se arrinconan asustadas, pero a mí ya no me importa nada—. Roxanne te lo advertí, te he dicho lo importante que es Gisele en mi vida, pero parece que no lo quieres entender, ¡la amo! Soy capaz de cualquier cosa por mantenerla a mi lado, ¡entiéndelo de una puta vez!
Entonces miro a esa otra…
—Y tú, Alicia, deja de creerte alguien en mi vida, eres el error más grande que he cometido, eres una perra que se tira a mi amigo y encima pretende hacerse la santa, ¡déjame en paz! Y no te atrevas a acercarte a Gisele, por tú bien espero que lo entiendas. —Mi hermana se adelanta desafiante—. Será mi mujer, Roxanne, no olvides estas palabras.
Plasmo mi puño… Busco y rebusco como un loco por cada espacio de la estancia, me he enterado por la doctora que se hizo una prueba de embarazo y fue negativa… Más cólera, yo querría que fuera real, positiva, me da igual si es pronto. Matrimonio…
Después de mucho buscar la encuentro en el garaje, alguien ha marcado su hermosa y blanca mejilla, que ahora está teñida de rojo.
—¿Qué tienes ahí? —Giro su rostro, todo me tiembla por la contención—. Gisele, ¿quién demonios te ha hecho esto?
—No es nada —susurra—, déjalo estar.
Me toco el cabello, enloqueciendo. ¿¡Qué demonios!? Me ve el puño.
—¿Qué tienes? —pregunta buscando mi mirada—. ¿Por qué sangras?
—Gisele, te he hecho una pregunta: ¿quién se ha atrevido a tocarte? —Soy agrio, como en nuestro comienzo—. ¿Alicia? ¿Roxanne?
Calla.
—Gisele, habla de una maldita vez. Si alguien te hace daño, no tengo paciencia. ¡Habla!
—Matt —implora y la amparo con impaciencia, sé que protege a alguien, pero me molesta muchísimo. Soy capaz de todo, aunque suponga una lucha con mi propia hermana—. Estoy bien… lo prometo.
—Gisele, cuéntame qué te ha pasado.
—¡No quiero y déjalo ya!
—Dímelo o nos vamos ahora mismo.
Las dudas sobre la paternidad nos siguen rodeando pese a mis sospechas. Los problemas con nuestras familias, todo se complica y no puedo más. Amo a Gisele Stone y es hora de poner las cartas sobre la mesa, quiero que sea Gisele Campbell.
—Pero, Matt…
—¡Nos vamos!

Reunión sobre un nuevo reportaje, pelea. Enfrentamiento con Diego, duro, donde casi terminamos muy mal. Gisele me pide una vez más que respete su trabajo… A gritos, lastimándome el puño y al ver su decepción, acepto.
Pero los problemas no cesan: Alicia en el hospital con un supuesto principio de aborto. Los padres de Gisele están aquí llamados por Scott… Me prohíben verla y, loco, me cuelo por la ventana de su cuarto, con planes de irnos a vivir juntos como ha accedido mientras le imploraba en nuestro refugio.
—Gisele —susurré impaciente—, necesitaba tocarte.
—Yo también. —En segundos, estábamos fundidos uno en el otro—. Matt... mis padres están aquí… pero no pares.
Finalmente, a petición de su padre llega su ex novio. Terminando de matarme… Mi cabeza se llena de imágenes de Gisele y él juntos… Porque ella me lo ha ocultado. Confundido y temeroso de un posible final por las influencias externas sobre nosotros, me la llevo a un hotel, furioso después de que Michel Stone, su padre, la haya encerrado por segunda vez, tras pillarnos juntos, como a una niña pequeña.
Quieren separarnos y con el apoyo de mis padres y hermano Eric, me propongo hacer lo que quiero, y no es otra cosa que la firme voluntad de atar a Gisele a mi lado de por vida.

Lunes, martes y hoy miércoles. No la he tocado, tampoco le he entregado el anillo. La inseguridad se apoderó de mí y lo devolví al día siguiente. Pero hoy, más animado, tras dejarla dormida en la cama y contemplarla con una sonrisa, al salir de trabajar le he comprado uno nuevo. Más tipo “Gisele Stone”, futura señora Campbell. Es caro, elegante y más fino que el anterior…
Voy de regreso al hotel en un taxi, quizá debería de sentirme culpable, pero no es el caso. Acabo de golpear a su padre, su hermano me ha destrozado el coche…, pero ya no hay rabia en mí, Michael Stone me ha retado, rechazado cuando he ido a pedirle la mano de su hija, y todo se ha desatado.
Qué silencio. ¿Sigue dormida? Camino hasta la cama y me siento a su lado, acariciando su rasguño muy mejorado.
—Gisele, cariño. Despierta.
La creo desconcertada cuando al despertar con un bostezo, me mira. Estoy tranquilo, sí, y Gisele lo percibe. Me encuentro mejor. Ya están hechas las maletas; preparados para el viaje de su reportaje ida y vuelta… y la sorpresa para mi petición.
—Hola —le sonrío—. Levántate, voy a llevarte a cenar.
—¿Ahora? —pregunta sorprendida.
—Sí, sales poco y he reservado mesa a las nueve.
Pero hay algo que llama mi atención, las sábanas se mueven. Mi corazón galopa incrédulo, y con voz melosa, susurra:
—Tengo ganas de salir, pero déjame un poco de tiempo...
—Gisele, ¿qué estás haciendo? —Retiro la mano y sonríe. ¡¿Qué demonios?!—. ¿Te estás tocando?
—Estoy hambrienta desde hace varios días y dentro de dos voy a tener el período... Necesitaba saciar mi apetito. ¿O tienes algo para mí?
Dios, no me resisto, la petición tendrá que esperar.
—Ya lo creo —digo tocándola yo ahora—. No seré brusco.
Y sonrío… Me mira los ojos, supongo que buscando signos de mi cambio. Y yo, callo.
—Oh... bien. L-Lo necesitaba.
—Yo también, nena. —Paseo el dedo por su clítoris—. Abre más las piernas.
Me obedece de inmediato y sabe que me mata que lo haga, pocas veces es una chica obediente. Está muy mojada, avivando mi codicia y deseo de ella.
—Voy a probarte. —Se arquea, su cuerpo curvado es espectacular. Y ya no oigo su respiración—. Gisele, respira.
—Se me olvida hacerlo, cuanto me tocas así... Matt, agonizo.
La acaricio en círculos, pero necesito complacerla por los días que no he podido al estar rabioso. Me abro paso entre sus piernas, Dios, la deseo demasiado.
—Hueles tan bien. —Lamo y se lamenta—. Receptiva siempre, me vuelves loco, nena.
Me entierro en ella hasta que gime desesperada, me recreo con su centro, chupándola sin compasión. Me enloquece saber cuánto le gusta, por sus gritos, al tirarme del cabello.
—Matt —jadea y me tira más fuerte del cabello—: más, más, más.
—¿Cuánto más?
—Todo más. No pares, no pares.
No lo hago, no hasta que Gisele se retuerce de placer. Mi interior ruge por estar dentro de ella sin más dilaciones, pero soy paciente, merece todo esto y más.
—Oh, Matt. —Tiembla, estoy a punto de explotar al estar entre sus piernas—. Matt, por favor.
Le doy cuanto pide.
—Gisele —rujo con urgencia, colocándome entre sus piernas. Mierda, sí, mía—, pruébate.
Me acorrala, me abraza. Yo en cada acometida me desespero. Dentro y fuera, aliviando este dolor al no poderla haber tocado por tres días, son demasiados. La amo…, la deseo y quiero en todos los sentidos. Por ello la acaricio con impaciencia, deleitándome con sus pechos, su cintura. Es mía.
—M-Más rápido —se queja buscándome. Maldita sea, cómo me pone.
 «Prepárate, mi Gisele», pienso recordando el anillo.  

Entre risas, nos bañamos juntos, olvidándome del secreto que le oculto desde que nos conocimos, como al resto de mi familia. Ella me hace soñar, estoy feliz y radiante al frotar su cuerpo e imaginar que cada día compartiremos estos baños.
Pero por un momento, el eco de sus palabras me borra la sonrisa.  «No lo harás. Tú me quieres y sabes que me dañarías y no te perdonaría nunca». Y lo he hecho, me he enfrentado a su familia. Disimulo mi malestar, ¿voy a perderla?
No puedo dejarla marchar, por ella y por lo mucho que la amo, hoy decido someterme a cualquier cosa…, incluso a lo que me he estado negando por años… Pero omitiré qué me sucede o cómo mejoraré mi carácter, no tiene porqué salir dañada.
Gisele es mi cura y con su apoyo, sé que podré conseguirlo. Manteniéndola al margen, sin preocuparla más de lo que ya lo hago.
Me tomo la pastilla a escondidas en el baño, pensativo, antes de dirigirnos al destino donde todo puede cambiar entre nosotros.  
¿Querrá casarse conmigo? Le prepararé el anillo en su cajita, rodeado de pétalos de rosas. ¿Podré ser romántico aunque lo odie?  ¿Me aceptará incluso sabiendo que he roto la promesa de no dañarla y he golpeado a su padre?
Le he fallado, pero tiene que estar conmigo. Lo ha prometido.
—No puedo, Matt —susurra sin voz—. Dame tiempo.
Me destroza…

Una noche más he perdido el sueño y lo peor es que Gisele, que duerme, lo hace temblando por lo que ha sucedido entre nosotros. No he sentido tanto miedo nunca, si la pierdo, mi vida no tiene sentido.
Me siento a su lado y mientras trato de calmar sus pesadillas, cojo el teléfono. No puedo seguir así, ha llegado el momento de concienciarme y cuidarme.  
—Soy Matt Campbell —susurro en cuanto descuelgan. Sin importarme que sea madrugada—. Necesito ayuda… Gisele me ha rechazado y no soporto más esta situación.  
Oigo un bostezo.
—¿Qué haces despierto? —pregunta el doctor, desconcertado.
—He peleado con su padre y la he defraudado. Maldita sea, te juro que no quería, pero él no me lo ha puesto nada fácil. Aun así, le he pedido matrimonio a Gisele, cargado de promesas que tienen que ver con mis comportamientos. Pero no ha aceptado el anillo y tiene las maletas hechas para irse —confieso roto, arañando las sábanas que cubren su cuerpo—. He tocado fondo y tengo miedo de que sea demasiado tarde…
Silencio y yo me temo lo peor. Duele demasiado esta situación.
—¿Quieres iniciar el proceso, Matt?
—He de hacerlo por ella, he visto tanto rencor en sus ojos… —Gisele se mueve y yo me callo. No quiero que descubra esta conversación. Finalmente, no se despierta y yo beso su frente, cerrando los ojos, negándome a creer que deje de ser mía—. No duermo ni como apenas. Mis cambios de humor son insoportables y los impulsos que vienen y van pueden conmigo… Y ella no deja de preguntarme qué me sucede.
—Cuéntaselo…
—Es muy duro —digo, desgarrado—. Y no quiero dañarla más, sé que no lo soportará.
—Tranquilo… Tómate media pastilla esta noche y descansa un poco. Y ven cuanto antes por aquí. Empezaremos con nuevos exámenes y si hay que cambiar el tratamiento para que te controles, duermas y las tera…
—Haré lo que sea. Estoy desesperado.
—Solo no puedes, Matt. Recuerda que no es la primera vez que lo intentas.  
—¡Por ella daría mi vida! —Gisele se sobresalta y yo me acuesto detrás, hundiendo la cara en su pelo.  «¿Qué estás haciendo con ella, Matt?»—. En cuanto vengamos del viaje iré a verte y empezaremos de cero. Quiero darle lo mejor. 
¿Viajarás con ella? —cuestiona, ahora más despierto.
—Ha intentado dejarme —susurro, destrozado contra su nuca—. Por ella reconozco que estoy enfermo, que necesito tratarme y hacer frente de una puta vez a mi problema.  Si ella se va... no soy nada
—Lucha entonces por estabilizarte.
—Ya lo he decidido…
Cuelgo el teléfono y rebusco entre mis cosas la pastilla que necesito para dormir. Y, desgraciadamente, lo hago demasiado.
Al amanecer, Gisele no está… Va de camino al aeropuerto al que yo llego derrumbado.
Duele muchísimo pensar que se ha planteado irse sin mí, y la incertidumbre de no saber qué sucederá con nosotros se hace eterna. ¿Se irá sola… o conmigo? 


Si quieres saber más y descubrir cada emocionante detalle de la historia entre Matt y Gisele, descúbrelo en La chica de servicio, I. Tiéntame. La novela publicada por Esencia, en la que conocerás y vivirás desde dentro el intenso amor que consume a estos apasionados protagonistas.

Y si ya has leído Tiéntame… el resto continuará en Poséeme…

1 comentario:

  1. Ahora mismo me estoy mordiendo las uñas. ¿Cómo nos puedes dejar así? Cuando la cosa parecía que empezaba a clarear, a aclararse... zas... CON LA MIEL EN LOS LABIOS....

    Fenomenal Patricia, felicidades por tu gran talento.

    Ya mismo me hago con La chica del servicio , no puedo quedarme así.

    Un beso preciosa.

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