jueves, 12 de febrero de 2015

El San Valentín de Matt y Gisele:

Por estas fechas tan romántica, quiero dejaros un pequeño relato de Matt y Gisele, en un día tan especial como San Valentín. Espero que os guste y que lo disfrutéis.

*Contiene Spoilers si aún no habéis leído Y ríndete. 

El San Valentín de Matt y Gisele




¿Por qué demonios tardan tanto en traer la cena? Desesperado, miro el teléfono, la hora, ya son las ocho de la tarde. Gisele está a punto de llegar de un nuevo reportaje y no soy capaz de poner en marcha el plan que tenía en mente. Parte de él sí… Menos mal que Karen ha colaborado conmigo.
Resoplo, caminando de un lado a otro y marco el número de mi madre. La noche será larga, no estoy acostumbrado a tanto silencio. Me temo que Gisele no se lo tomará bien, ya que no le he consultado, pero confío que el motivo por el cual lo he hecho, la convenza.
—Karen —demando en cuanto descuelga, sin darle opción a hablar—. Has tardado demasiado. Dime, ¿cómo están?
—Pues, cielo, como hace cinco minutos. Noelia en mis brazos. Esmeralda dormida… Y Matthew —se ríe— con tu padre y el perro.
—Bien, ya es tarde. Sabes que están bañados y…
—Matt, cielo, disfruta de San Valentín.
Sí, esa es la idea.
—Mañana temprano los recogemos —le recuerdo y añado—: Dile que los quiero, cualquier cosa…
—Disfrutad —me interrumpe con una carcajada.
Estoy a punto de sonreír hasta que veo que nada está preparado, menos mal que llaman a la puerta, es el repartidor de uno de los restaurantes más prestigiosos de Málaga. La mirada que le echo al chico debe ser espantosa, porque incluso da un paso atrás. Yo, en vez de calmar la situación, mascullo:
—Para la próxima no quiero impuntualidades.
—Lo sentimos…, señor.
Tal y como cierro salgo al jardín, donde he decidido sorprenderla. Para recordarle un poco nuestros inicios, he dejado cerca un delantal, una cofia y guantes… Sobre la mesa he preparado unos pétalos de rosas y unas velas de corazón que no pudimos utilizar en otra señalada ocasión. Y, aunque aquel fue uno de los peores días que viví sin ella, hoy me siento preparado para enfrentarlo y demostrar que hemos podido.
Creo que no me olvido de ningún detalle.
Estoy nervioso, idiotamente nervioso.
—¡Ya estoy en casa!
El grito de Gisele me arranca una sonrisa. En vez de salir a recibirla, ya que sabe que hoy saldría antes del trabajo, me quedo en el jardín, apoyado contra la pared y los brazos cruzados sobre el pecho. Hace frío en Málaga, sin embargo, estamos protegidos. Debido a que he cubierto la zona.
Cuando Gisele asoma la cabeza, se pone las manos en la boca. Su evidente sorpresa me gusta, toda ella me encanta. Lo que no espero es que con ese brillo tan especial al descubrir mi sorpresa, dé unos pasos dejándose ver completamente. Lleva un vestido corto, rojo, con una chaqueta negra a juego con los tacones. El cabello suelto, ondulado y un maquillaje ligero que hace resaltar sus perfectas facciones por mérito propio.
—¿Has posado así? —La señalo de arriba hasta abajo.
—Matt —gimotea y, por fin, se lanza a mis brazos. La estrecho como si no lo hubiera hecho en mucho tiempo. Es mi razón de existir—. Oh, es precioso.
Se separa unos centímetros y me acuna la cara. Observándome a los ojos, callada, diciendo todas esas palabras que cada día repite. Está emocionada. Preciosa. No quiero ni pensar en el reportaje…, por cierto, no me dice nada de este y me pongo un poco celoso.
—Yo te tengo algo —susurra melosa—, para luego.
—Cállate —gruño, rozando sus labios—. Dime cosas.
Sabe qué le estoy pidiendo, me conoce. Me rodea por el cuello, se ciñe más a mí, de modo que mi erección crece en un segundo contra su muslo. Me sonríe. Le muerdo el labio, algo furioso pero muy cariñoso.
—Todo muy bien, te tengo buenas noticias. —Me besa—. Solo había  chicas, menos el maquillador.
—Bien, muy bien.
—Voy a ver a los peques —murmura, retirándose. La empujo contra mí—. Hmm, Matt…
—No están.
—¿Cómo que…? —Silencio su boca con mi dedo, besándole el mentón, la mejilla, deteniéndome en el lóbulo de la oreja—. Necesitaba contigo esta noche, solos, sin interrupciones. Estoy hambriento, cariño.
—Estás loco —dice sin respiración.
Se encoje y arquea el cuello.
—¿Me perdonas?
—Solo por hoy —accede y me acaricia los brazos—. Mañana…
—… temprano vamos por ellos —acabo la frase—. Y por Tommy.
—¿Has mandado al perro?
No puede evitar soltar una carcajada que rompe nuestro erótico momento. Termino riéndome con ella. Luego beso su nariz y le cojo la mano, conduciéndola hasta nuestra velada. Me desquicia su intenso suspiro, ese que me da la clave para saber cuánto le gusta mi sorpresa. Quisiera no cenar y besarla, abrazarla y follarla hasta que me pidiera que parara.
—Es precioso, Matt —susurra. No puedo creerlo, ¿sonrojada? Me cuesta respirar cuando ocupo mi lugar, en una silla que nunca se usó en un San Valentín muy diferente—. Yo…
—Chis —le pido, sirviéndole vino—. Un brindis por ti, por ellos y por mí.
Pestañea ligeramente, sacando a la descarada que lleva dentro.
—Te amo, Matt —musita al chocar nuestras copas.
—Yo más, cariño. Yo más.
Acerco nuestros asientos, levanto su mentón y pruebo el vino de sus labios. Mi eterna adicción. Al separarme, la miro, una y otra vez, porque a pesar del tiempo que llevamos juntos, me siento como el primer día que reconocí que no podía vivir sin ella: afortunado.
—Cena. —Empujo el plato.
Gisele, como pocas veces, me obedece. Su ceño se frunce al yo poner la música, una canción muy significativa para mí en un día como hoy.  La veo tragar despacio, sin dejar de mirarme.

No puede ser, se me escapó.
Se fué con un suspiro apagando mi razón.
Y ahora ya no creo en nada.

La busco aquí, en la habitación.
Su ropa en el armario conserva aún su olor.
Apuntalando mi nostalgia.

Oigo su voz, aunque no está.
Sigo tratando de aceptar.

Que me falta el ruido…

Sus pasos por la casa, siempre, ruido.
Su risa recorriendo los pasillos.
La vida se me antoja eterna.
No me siento capaz de ser feliz.
Si ya no está, si me falta ruido…

Gisele me acaricia con su pulgar la comisura de los labios. Yo me aferro a su mano, ante la nostalgia de esta canción que oí aquel día cuando yo pedía a gritos: ¡Quédate…!, pero no estaba.
Hoy es un San Valentín especial, porque puedo echar la mirada atrás sin que me duela el que aquella vez no lo pudiéramos celebrar como esperaba…; porque gracias a ese tiempo que nos dimos, ambos tomamos conciencia de que no podíamos seguir así, y nos rendimos para no fallarnos más.  
No fue fácil aceptarlo, pero ¿quién dijo que la vida lo fuera?
Le sonrío y con un nudo en la garganta, susurro:
—Hoy en esta casa no falta ruido, la de tu risa, la de sus llantos. La de vuestra presencia que son mi alegría al llegar y encontraros aquí. Hoy quiero que escuchemos esta canción que tiene otro sentido, porque no me falta el ruido, ya no, nena.
—Ahora nos sobra —comenta con un hilo de voz, besando mis nudillos.  
—Quiero más, Gisele.
—Todo lo que quieras, mi bipolar.
Riéndonos, nos besamos, con la melodía marcando el ritmo de nuestras bocas ansiosas unidas. Nuestros alientos entrelazados. Mis manos atadas a su pelo, profundizando cada muestra de amor que, apasionados, nos regalamos.

El caso es que yo sigo aquí.
Buscando mil motivos que ayuden a seguir.
Pero no sirven de nada.

La busco aquí, en cada canción.
No logro imaginarme un cielo aún mejor
Que su trasluz en la ventana.

—Y ya tengo mis motivos para seguir —gruño, prosiguiendo contra su boca, atrapándola más fuerte por la nuca para que no se me escape—. Tú me diste uno y mil motivos, pero sobre todo, tres, los tres más importantes junto a ti.
Me acaricia la mejilla con la mirada cristalizada.
—Me harás llorar, Campbell.
—Sí. —Le muerdo el labio—. Esta noche te haré llorar porque no pararé hasta que grites que me detenga.
—Eso no sucederá, lo quiero duro.
—Come rápido —le advierto.
Cómplices, cenamos. Hacemos un balance del día, como solemos hacer cada noche en la cena. No puedo evitar estar pensativo al mirarla, sé que se pregunta dónde está mi mente, pero solo la ocupan ellos, ella.
Al acabar, me pide con una pícara sonrisa que subamos a la habitación, en la cual no me da tregua, algo que amo de ella. Su frescura, su travesura.
Me lanza contra la cama y yo me arranco la camisa, enloquecido.
Hambriento de toda ella.
—¿Me vas a contar qué pensabas? —reclama sin aguantarse.
Lo intuía y se lo hago saber guiñándole un ojo.
—Haciendo memoria de lo que nos ha sucedido. —Extiendo mi mano, pidiendo que se una a mí—. Recordando cada momento que me has dado. Sintiendo que por días o meses que pasen, el amor que siento por ti va creciendo y creciendo. Te sigo amando tanto que duele.
—¡Oh!
Salta a la cama, cayendo contra mí. ¡Joder!  
—Estoy muy orgullosa de ti, de lo que has conseguido y dejado atrás. Eres mi romántico no reconocido, mi esposo celoso pero cauto, mi amante caliente y duro en la cama y el padre más atento y protector del mundo, ¿puedo pedirle más a la vida? —Sonríe acunando mi rostro, derrochando amor en sus ojos—. Bipolar, sí, ¿y qué? Pero mío. —¡Joder, joder!, cómo me enciende—. Te amo Campbell, no te perdonaré no haber necesitado antes a una chica de servicio.
Desesperado, busco sus labios, saboreándolos, lamiéndolos. La temperatura empieza a subir, mis gruñidos van en aumento, sus jadeos perdidos en la profundidad de mi boca.
—No pude necesitarla antes —murmuro, mirándola a los ojos—. Yo no quería a cualquier chica de servicio…, yo te esperaba a ti. A la mujer que cambiaría mi vida, la que me enseñaría qué es el amor. La que llenó un vacío inmenso, la que curó una herida profunda. Nena, eras tú, siempre has sido tú. Aquella mujer que era la chica de servicio… hoy es mi chica de servicio. Sin saber por qué, esperé por ti.
—Tan romántico... Recuerdo cuando odiabas esa palabra. O cuando me dijiste que no escucharía muy a menudo un te amo, y ahora lo haces cada día —se regodea, traviesa—. Te amaré siempre, Campbell. Con todas tus virtudes y defectos…, con esa bipolaridad que no todo el mundo entiende. Siempre.
—Yo más, nena, yo siempre te amaré más. Cada día, cada hora y segundo serán para vosotros. Eres mi vida. Sois mi vida.
Con una sonrisa hermosa, se levanta y se pierde en el baño… La espero impaciente, porque en su mirada hay una clara promesa. En sus andares que desprenden sensualidad. Me acomodo con las manos detrás de la cabeza, inquieto.
Atrevida, se asoma con el conjunto de chica de servicio que usó tiempo atrás. Transparencias, dejando nada a la imaginación. Zarandea su cuerpo y mi respiración se altera, mi pecho sube y baja.
—¿Te gusta?
—No quedará un trozo de tela —le advierto con un gruñido, llamándola con el dedo—. Te voy a tomar hasta la saciedad y, luego…, te haré el amor... Quiero todo de ti, y sí, te miro y mi corazón estalla al pensar que esta mujer es mía.
Su boca se dibuja en una «o». Pero pronto se le pasa la sorpresa y gatea con atrevimiento, ya estoy excitado sin haberme tocado. 
—Hmm, si te portas bien… —Se suelta el cabello y zarandea las caderas— hoy seré tu esclava sexual, te complaceré hasta dejarte exhausto.
—Nena, satisfecho siempre, saciado nunca.
Con sensualidad, se mete un dedo en la boca, comportándose como una chica mala. Suspiro y maldigo, ¡si es que me enloquece con un puto gesto!
—¿Desea algo más, señor? —coquetea, recordando la frase que marcó un antes y un después en nuestra vida. En aquel despacho, cuando la vi, impactándome por primera vez.
—Hmm, quizá. ¿Qué me ofrece? —Continúo con su juego, con la frase con la que ella misma me sorprendió.  
Se detiene a escasos centímetros de mí, permitiendo que deslice mi pie derecho por su sexo. Al de rodillas, permitirme el acceso.
Gruño; mojada, mucho.
—Esta vez, te ofrezco lo que quieras. No me resisto, soy tuya, recuérdalo. —Se tumba sobre mi cuerpo y yo, frenético, la sostengo de las caderas, sigo por el trasero y bloqueo su provocación. ¡No tiene ni puta idea de cuánto la deseo!—. Pide, será para siempre.
—Para siempre  —prometo, rozando mis labios con los suyos—. Ya sé lo que quiero... Que me ames para toda la vida, sin límites De una forma que siga doliendo. Que me ames como yo a ti. Desesperada… Más. Siempre más. Mucho más.
—Tus deseos son órdenes, Campbell. Deja que te lo demuestre yo esta vez. —Se planta en el centro de la cama de rodillas y, perversa, sonríe con este juego tan interesante. Lo ambiciono todo de ella—. Lo quiero ahora mismo desnudo sobre mi cama, voy a hacerle el amor por insolente.
Me recuerda aquellas palabras que yo le solté, pero las suyas menos bruscas. La empujo hasta mí y la atrapo con mis piernas, rasgando con posesión el sugerente picardía, reclamándola como mía.
—Me amas y te amo —suspira melosa.
—Siempre, Gisele, siempre. Nunca dudes de lo mucho que te amo. Sin reservas, sin control. Con desesperación, con aquella pasión insaciable que nos consumió desde la primera vez que nos tocamos.
La beso y ella gime contra mis labios. Seductora.
Cierra los ojos, cambia de posición echando la cabeza hacia atrás. Introduzco la mano, envuelto en su sensualidad y aparto su braguita, posicionándome en su entrada. Lo hago con los dientes apretados, invadiéndola. Primero soy suave, voy lentamente. Luego, al ver sus contraídas facciones, potente, me clavo hasta llegar a su interior. Grita mi nombre, me araña los hombros. Yo, con desespero, reclamo su boca.
—Dios, nena, Dios. Háblame.
—Te amo, te amo… y te amo.
Más movimiento, ahora lento. Sus caderas son pura sensualidad al contonearse. Mis manos llenándose de su redondo trasero, los músculos de todo mi cuerpo, tensos. Su sexo ardiendo, caliente. Echando fuego. El mío intentando apagar las llamas.
—Más, dímelo  más —imploro, colocándome a su altura. Besándole el lóbulo de la oreja, bajando a su cuello. Se arquea dándome acceso a él, también a sus pechos. Ofreciéndome su cuerpo.
¡Joder, es perfecta!
—Que te amo… ¡te amo!
Pierdo el control, la aferro por la cintura y la obligo a que me cabalgue con soltura, a que me permita resbalarme en su cavidad. Dentro, fuera. Rozándonos. Besándonos. Es intenso, soy duro. Soy yo sin parar, sin detenerme.
Y tras dos embestidas más, introduzco un dedo y la obligo a que alcance el orgasmo. Se arquea toda, mostrándome lo mejor de ella mientras se desintegra en mil pedazos. Segundos más tarde, pierdo la cordura y me uno a su locura, corriéndome totalmente satisfecho…, sin saciarme.
—Joder, nena —gimo entre temblores—. Joder, ¡más!
Asiente, tragando. Risueña, se deja caer contra mi cuerpo, tirándonos a los dos hacia atrás. Levanta el mentón en busca de aire, sonriéndome. Preciosa, colorada tras el sexo.
—Toc, toc —murmura dando golpecitos en mi corazón. Cariñosa—. Señor Campbell, ¿alguien habita ahí?
—Sí, señorita Stone —respondo buscando su mirada, gris, cautivadora. Ella se pierde en la profundidad de la mía. Me impacta su belleza—.  Tú…, siempre tú, nena. Es tuyo mi corazón, lo sabes, de la chica de servicio… Mi chica de servicio.
Se deja caer contra mi frente, fricciona nuestros labios repetidas veces, calentándome y, suspirando, musita:
—Feliz San Valentín, mi bipolar. 


*Nota; El San Valentín al que hace alusión Matt, se trata del que refleja el relato Quédate, que podéis encontrar en cualquier plataforma digital. 

Espero vuestros comentarios <3 

Feliz San Valentín, bipolares. 

17 comentarios:

  1. sin palabra me a encantado.... gracias

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  2. Tan lindo, que pesar que ya acabó la saga.

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  3. Joder me a encantado desde k leu el último pense k pasi cn las velas de corazon k se apagaban y ai estan patry eres lo mas de tu amiga del face sheila iglesias iglesias

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  4. Perfecto , Precioso , como todo lo que escribes.

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  5. Q pasada. ...sin palabras.....me encanta esta historia, ha sido una adicción desde el principio....tienes una imaginación increíble y deseo q sigas sorprendiéndonos muchas veces más Xq tu lo vales. Besos wapa tienes un gran talento!

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  6. Me a encantado ........ muy bueno Gracias

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  7. Hola preciosa:

    No sabes cuanto me alegro de haber podido leer un momento asi y cuanto te agradezco que lo hayas escrito. Para mi, ese momento que tu mencionas en Quédate en de lo mas desgarrador y triste, a mi me costó mucho leer y es por eso que me produce una inmensa alegría ver que primero lo ha superado, que ambos lo han superado pero sobre todo él y, segundo que ahora son felices pese a todos los obstáculos que les han ido poniendo en el camino.
    Este Matt es distinto mas tranquilo, mas centrado porque ha aceptado su problema y ha puesto el remedio necesario. Ademas sus hijos le centran, Gisele le centra y le hacen luchar contra su enfermedad y seguir adelante. Sin embargo es el mismo Matt de siempre, celoso pero controlado como dice ella misma, pero celoso al fin y al cabo cuando la ve con ese vestido y sigue siendo el mismo romantico de siempre, lo reconozca él o no. Y ambos siguen siendo los de siempre, Matt y su descarada, insaciables en la cama y con un amor muy profundo, porque si algo hay en esta pareja es mucho amor.
    Feliz dia de San Valentin Patricia, a mi ya me lo has alegrado.

    Besitos

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  8. Aaiinnss, mi bipolar q romántico es!!

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  9. Precioso!!!
    Me encantan, aunque a veces...me han sacado de quicio, los voy a echar de menos.

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  10. ayyy que bonito por dios - me encanta verlos asi!!!

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  11. quiero mas me encanta......

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  12. Hola cómo puedo comprar los libros? usted tiene la lengua brasileña le encantaría Compralo.

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  13. Como puedo encontrar "Quedate" no lo he podido encontrar. Nos enseña tanto esta saga... Aunque no haya podido leer el ultimo. Es una saga donde tiene muchos valores y donde nos enseña que el orgullo no e una virtud sino un defecto que acaba con la relacion de pareja. Me ha enseñado muchisimo! Gracias Patricia Geller por esta magnifica saga... Ppr dedicar tu valioso tiempo a crear estos hermosos personajes.

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